Se retoma la actividad cultural de Tarancón, con la exposición que se tuvo que aplazar por las circunstancias que todos ya conocemos el dichoso Covid 19, mañana día 9 de junio 2020, a las 12 de la mañana será inaugurada la exposición “El Mundo de los Marcapáginas” de la colección privada de Charo Leal Domenech, la exposición estará todo este mes de junio, en el Museo Arte Contemporáneo ubicado en el Auditorio Municipal de Tarancón.
El Uso de los Marcapáginas
El marcapáginas es un objeto con el que estará familiarizado cualquier lector. Para saber qué página del libro estamos leyendo y volver a ella con facilidad casi cualquier cosa es válida, desde un pósit o el ticket de compra hasta un trozo de papel roto o uno de esos bonitos marcadores con publicidad que te dan en las librerías. Otros materiales, además del papel, se han utilizado como marcapáginas a lo largo de la historia: metales como la plata o el bronce, seda, madera o cuerda. Cualquier objeto es válido siempre y cuando no se estropee el libro.
Nos gustaría sentarnos con uno de esos libros que nos atrapan sin remedio y leerlo de principio a fin, comiéndonos las páginas y el tiempo como si no hubiese un mañana y pudiésemos evitar hacer frente a esa desgracia de las clases lectoras que supone el trabajo. Por eso, si atacamos un libro de un número considerable de páginas debemos dejar alguna marca que nos indique dónde detuvimos la lectura. Habrá quien sea capaz de recordar en cada momento en qué página se quedó en su última lectura, pero los mortales necesitamos señales que nos lo indiquen. Y de eso hablaremos hoy, del origen de los marcapáginas, de sus variantes y del inevitable coleccionismo al que incitan.
Antes de hablar de los marcapáginas debemos detenernos en una costumbre de degenerados (que deberían ser encerrados en un calabozo para siempre) que consiste en marcar el punto final de la última lectura doblando una esquina de la página. Esta costumbre, a la que los ingleses llaman dog ear (oreja de perro) por la similitud que presenta la esquina doblada con la oreja doblada de un perro, es uno de esos hábitos que suelen adquirirse con libros que no son de uno (especialmente los de biblioteca) o con volúmenes de poco valor. Creo que ha quedado claro que no somos partidarios de este tosco método.
Otra solución de andar por casa es el uso de la solapa de la cubierta para marcar la página en la que nos habíamos quedado. Es una solución práctica, pero si el libro tiene un considerable número de páginas (vamos, si es un tocho) la solapa acaba doblada y el volumen termina ocupando el doble. Al final lo práctico termina en fiasco.
Pero pongámonos serios.
No se sabe con certeza cuándo comenzaron a usarse los primeros marcapáginas. Sin embargo, parece evidente que desde bien temprano ha tenido que existir algún método para señalar el último punto de la lectura en el que se quedó el lector. Pensemos, por ejemplo, en los rollos de papiro egipcios, que podían medir hasta 40 metros. Lo que sí se sabe es que en la Alta Edad Media (en los siglos del XIII a XV) se usaban marcapáginas que se fabricaban con la vitela que sobraba de hacer las cubiertas de los libros. En algunos casos muy sofisticados estos marcadores ayudaban incluso a recordar la columna en la que se había quedado el lector. Por ello enseguida aparecieron marcapáginas de todo tipo como conmemorativos y publicitarios y no tardaron en convertirse en objetos de colección. Los más valorados en la época fueron realizados por Steven Thomas, un tejedor de seda inglés, que los fabricaba personalizándolos y los llamó Stevengraphs.
A lo largo del siglo XX, los marcapáginas se han utilizado para todo tipo de cometidos y en la década de los sesenta se usaron como medio de expresión para artistas e ilustradores. En el siglo XXI ha sido creado el marcapáginas digital, que sabe cuándo abandonas la lectura de un libro y te manda un tuit para aconsejarte que lo retomes. Sea como sea y se utilicen los materiales que se utilicen o tengan las formas que tengan, lo cierto es que los puntos de libro siempre han sido, son y serán un elemento fundamental para cualquier lector. O, al menos, ¡para aquellos y aquellas que sabemos que no es sano marcar las páginas de un libro doblándole las puntas!.




















