(Artículo de Manuel Valencia Alonso)
En la antigua leyenda alemana de Fausto; tantas veces interpretada por insignes escritores de todos los tiempos y lugares, el personaje hace un pacto con el diablo a cambio de concederle poder, sabiduría y juventud eterna. En la leyenda el pacto con el diablo es de veinticuatro años y una vez transcurridos, entregará su alma. En el caso de nuestro Fausto, más humilde —ya veremos— es de tan sólo cuatro años.
El amo de la Moncloa, a través de conjuros nigrománticos y otras artes oscuras de la política; obtiene el favor de Mefistófeles y la facultad de hacer todo tipo de tratos y tropelías, con las fuerzas malignas impulsadas por intereses espurios y territoriales; en contra del sentido de la mayoría y creando el desorden en la opinión pública, no adscrita a sus postulados. Pero al personaje no le preocupa, porque tiene asegurado “el relato” y se encuentra en el “lado correcto de la historia”; recompuesta por él mismo y contada una y mil veces por sus acólitos —para que la memoricemos—.
El personaje, gracias al favor demoníaco, se sirve de una corte de diáconos y sacristanes que le preparan su ritual político, para ofrecerlo a sus fieles; con homilías consabidas y repletas de frases pescadas en los medios, así como lemas y eslóganes huecos dirigidos a sus incondicionales. El único objetivo que persigue es el poder, a toda costa, exaltando en demasía sus grandes logros, y sobretodo, haciendo oposición a la oposición. Como carece de carisma innato para captar figuras eminentes, tiene que rodearse de personajes mediocres, pero leales y sectarios, a los que les da igual —ocho que ochenta—, con tal de “tocar pelo” en sus poltronas.
Debo advertir al erudito lector, que se trata de una interpretación libre y por supuesto intencionada del mito de Faustus.

