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Un libro no es un contacto, es un trato

Un libro no es un contacto, es un trato

(Artículo de Emiliano García-Page Sánchez Presidente de Castilla-La Mancha)

Vivimos rodeados de contactos. Tocamos una pantalla y accedemos a una noticia, a una imagen, a un comentario, a una consigna, a una discusión, a una ocurrencia, a una invitación al olvido inmediato. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, pocas veces ha resultado tan evidente que conectar no siempre significa vincularse. Hay contactos que apenas nos rozan. Hay mensajes que llegan, pero no permanecen. Hay palabras que circulan mucho y significan poco. Por eso, quizá hoy convenga recordar que un libro no es un contacto: es un trato.

Un trato exige tiempo. Exige atención. Exige una disposición distinta del ánimo. Uno no entra en un libro como entra en una sucesión de estímulos, sino como entra en una conversación verdadera. Abrir un libro sigue siendo, todavía, uno de los pocos gestos de nuestra época que desobedecen a la prisa. Nos sentamos, callamos, leemos. Y, sin darnos cuenta, aceptamos algo que el mundo de la inmediatez considera casi una extravagancia: que no todo debe suceder deprisa, que hay cosas que solo se comprenden cuando se les concede demora.

Ese es uno de los grandes valores del libro en nuestro tiempo. No únicamente lo que contiene, sino lo que nos pide. Nos pide concentración en medio de la dispersión. Nos pide silencio en medio del ruido. Nos pide continuidad en medio de la fragmentación. Nos pide paciencia en un presente que confunde velocidad con inteligencia. Y, sobre todo, nos pide una forma de respeto: la de concederle a otra conciencia, a otra imaginación, a otra experiencia del mundo, un tiempo que hoy apenas concedemos a algo.

Leer no es solo informarse. Tampoco es solo entretenerse, aunque también pueda serlo. Leer es entrar en relación. Con quien escribió. Con quienes leyeron antes. Con quienes leerán después. Con el idioma. Con el pasado. Con uno mismo. Los libros nos traen noticias de nuestra intimidad, incluso cuando hablan de lugares remotos, de épocas desaparecidas o de vidas que no se parecen en nada a la nuestra. A veces una frase nos nombra mejor de lo que habríamos sabido hacerlo. A veces una página ilumina una preocupación que aún no habíamos formulado. A veces un personaje ficticio nos dice una verdad real.

También por eso los libros son una escuela de democracia íntima. Nos enseñan a matizar, a escuchar, a sospechar de las respuestas demasiado rápidas y de las certezas demasiado ruidosas. Quien lee con frecuencia se acostumbra a convivir con la complejidad, con la ambigüedad, con los claroscuros de la condición humana. Y eso no es una debilidad: es una forma de inteligencia cívica.

En un tiempo que a menudo premia el eslogan, el exabrupto y la simplificación, el libro sigue siendo uno de los mejores lugares para aprender que comprender no es reducir, que pensar no es repetir y que conversar no es derrotar al otro.

Pero el valor del libro no termina en la esfera individual. Una sociedad que cuida sus libros, sus bibliotecas, sus librerías, sus editoriales, sus clubes de lectura, sus autores y autoras, está cuidando mucho más que un sector cultural. Está cuidando sus posibilidades de conversación consigo misma. Está protegiendo una forma de memoria compartida. Está defendiendo un espacio en el que las generaciones pueden encontrarse, disentir, aprender y reconocerse. Allí donde hay libros circulando, prestándose, recomendándose, subrayándose, comentándose, hay algo más que cultura: hay comunidad.

Por eso, hoy 23 de abril, Día Internacional del Libro, quizá no haga falta insistir solo en que leamos más, sino en cómo leemos y para qué. Leemos para no quedar atrapados en la superficie. Leemos para preservar una relación humana con las palabras. Leemos para que el mundo no se convierta en una sucesión de impactos sin significado. Leemos para que el otro siga siendo un tú y no un simple ello. Leemos porque necesitamos conocimiento, sí, pero también porque necesitamos conversación, imaginación, memoria, criterio, asombro y sentido.

Frente al contacto fugaz, el libro nos propone un trato duradero. Frente a la rapidez, una pausa. Frente al ruido, una voz. Frente a la dispersión, una forma de presencia. Frente al empobrecimiento del lenguaje, una casa más amplia para pensar y vivir.

Celebremos, pues, el libro no solo como objeto cultural, sino como una de las formas más hondas de la relación humana. Celebremos a quienes los escriben, los editan, los traducen, los ilustran, los imprimen, los recomiendan, los prestan, los enseñan y los leen. Y celebremos también esa experiencia aparentemente sencilla, pero cada vez más valiosa, de sentarse a solas con unas páginas y salir de ellas un poco menos solo, un poco más acompañado, un poco más capaz de comprender.

Porque un libro no es un contacto. Es un trato.