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“Gastrosofía: Degustando el cocido de Lalín, I”

“Gastrosofía: Degustando el cocido de Lalín, I”

(Artículo de Jesús Millán Muñoz)

Nos acercamos a la comida, al cocido, al cocido de Lalín mostrando y describiendo algunos aspectos en esa relación tan profunda entre lo humano y la Naturaleza y el pensar…

Estamos en una etapa histórica, que el viaje y el viajero, es una fuente no solo de ocio y placer y cultura, sino es un sector industrial. Por lo cual, nos vemos obligados a valores y factores y vectores y características que están en la realidad, intentan entender y comprender como fenómenos más completos. Puede que un cocido solo sea un alimento más, una combinación de gustos y sabores y colores que se han ido depurando y sintetizando y amplificando y evolucionando desde hace milenios. El hoy, el hoy de una técnica, y, la comida es también una técnica, aunque no lo crea, ha sido la evolución de milenios. Y, en esos milenios se han ido insertando realidades de todo tipo. Conocí a una persona, que entre sonrisas y silencios, indicaba que cuándo se casó solo invitó a un cocido, porque no existían otras posibilidades…

Toda comida o todo plato, incluso siendo el mismo, existen variedades, en el cocido, ya hemos indicado en otros artículos de opinión, una docena de variedades, que a su vez, existen subvariedades, y, después llegas al fogón de la madre o de la abuela o de la bisabuela o de la nieta, y, la misma comida es o tiene matices, sea una tortilla española, sea un cocido gallego, sea una paella. Los humanos todo lo que tocan lo transforman y convierten en otra realidad. Es nuestra capacidad doble, por un lado de invención y de admiración, por otro, es la necesidad de la situación concreta, si ese día o semana se tiene más vegetal/grelos, se le añade más, si existe menos cerdo, pues menos, si existe más dolor en el corazón de quién lo hace, pues también se nota…

En algunos lugares del mundo, algunas comidas del México profundo, se hacen el proceso del calentamiento/coción, no durante una hora o dos, como es la comida tradicional, del puchero ibérico o de Iberia, sino durante horas y horas, incluso tapadas por tierra… Los factores y vectores del mundo van influyendo, van cambiando. Hoy, la comida, la importancia del plato, creo está, en que las personas cada día, tienen que alimentarse y degustar platos muy deprisa, porque la velocidad del trabajo es inminente, todo el mundo tiene más obligaciones de las que puede soportar. Y, por tanto, en tiempos de descanso, se marcha y marchan con más tranquilidad, quieren el cocido de la madre, quieren el cocido de la abuela. Quizás, desean saborear ese olor o gusto de su niñez, y, ahora ya con ochenta años, ha vuelto a su tierra de origen, después de estar cinco décadas en Madrid o en Barcelona o en Nueva York o en Buenos Aires o en Berlín, y, desean saborear los recuerdos. Y, en el fondo, se le mueven y remueven lágrimas en su profundo corazón, lágrimas sin agua, pero lágrimas…

La carne de cerdo ahumada, como fórmula casi secreta de ese cocido que los labios y los dedos se chupan. Degustándolo en un lugar, ni demasiado moderno de estética y estilo, ni demasiado tosco de popular, en ese intermedio de la realidad humana, porque demasiado popular y rústico, nos parecería un teatro, demasiado moderno, no armonizaría con ese sabor de ese cocido y cocido de Lalín, que no solo estás alimentándote, no solo hablando con personas cercanas o muy cercanas, sino quieres saborear de algún modo la historia o microhistoria de tus recuerdos. Somos recuerdos, aunque sabemos que los recuerdos se olvidan y se cambian y se transforman y recordamos unos y olvidamos otros, creamos y criamos los recuerdos. Eso es el misterio del hombre. Se escribe de una manera, en la treintena cuando crees que tendrás una puerta a ser escritor y escribiente, tienes esperanza de ser y serlo, y, crees como el gallego Cela, que el aguanta gana. Y, se escribe de otra manera, a casi las siete décadas, cuándo sabes que has atravesado los desiertos de la realidad, siempre buscando razones y modos y maneras y formas, y, puedes aceptar, que no sabes, si tus escritos perdurarán dentro de mil lunas…

En una sociedad y país, que se ha cambiado todo, creemos y nos creemos tradicionales, pero hemos cambiamos todo. Ahora, en estos últimos lustros, intentamos mantener realidades del pasado, sean piedras o sean canciones o sean gustos y sabores. Ahora, nos estamos dando cuenta, que nuestros aires y vientos y aguas y tierras y nubes y mares, no son las mejores del planeta, pero no son menores y de menor valor que las de otros lugares. Estamos y somos, nos estamos dando cuenta, que nuestros platos, tradicionales o nuevos, no son más que los de los otras geografías, pero tampoco somos menos. Y, al aceptar este principio, nos hemos dado cuenta, que una tortilla manchega o un cocido gallego de Lalín, son dos variedades de la realidad humana. Cuántos corazones ante un cocido han sentido alegría, y cuántos habrán sentido pena, porque al día siguiente se marchaba a Argentina. Cuántas madres y abuelas, habrán comido el último cocido sabiendo que al día siguiente el hijo se iba a Buenos Aires, y, con una sonrisa triste, han querido que ese último cocido, ese último día del hijo en la casa familiar, no faltase una sonrisa. Cuántos y cuántos. Eso hace el cocido, el cocido de Lalín, traernos recuerdos, el cocido de Lalín, como el símbolo y metáfora de tantas comidas últimas, de tantas personas, que han tenido que marchar. Y, que hace cien años, nunca sabrían si volverían a verlo.

Hoy, en este modesto artículo sobre el cocido de Lalín, extiendo como metáfora y símbolo, a todas esas madres y abuelas, que pusieron, la última comida a su hijo o hija, que sabían que marchaban al día siguiente a las Américas o a la Europa profunda, y, que no sabrían si volverían a verlos en esta vida… El cocido y el cocido de Lalín y la tortilla y la paella es eso y mucho más…