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La costumbre del deterioro

La costumbre del deterioro

(Artículo de Agustín Segarra; Concejal del Grupo Municipal Popular de Cuenca)

Aunque nos hayamos acostumbrado a convivir con ello, hay momentos en los que la realidad se impone con una claridad incómoda. Basta un paseo cualquiera por Cuenca para que aflore una sensación difícil de esquivar: la de una ciudad que, poco a poco, ha ido normalizando su propio deterioro.

El ciudadano se mueve entonces entre dos actitudes. Puede optar por ignorar lo que ve, como si formara parte inevitable del paisaje, o puede detenerse y preguntarse cuándo empezamos a aceptar como cotidiano lo que, en realidad, no debería serlo. Porque no hablamos de hechos aislados, sino de una suma constante de pequeños signos: baches que permanecen, mobiliario urbano deteriorado, papeleras y contenedores desbordados, parques descuidados, señalización horizontal desgastada y obras que jamás acaban, mientras que otras nunca empiezan.

No hace falta hacer un inventario exhaustivo. El vecino lo reconoce sin esfuerzo. Es más, podría decirse que la ciudad ha incorporado una nueva estética involuntaria: la de las vallas, los conos y las cintas de señalización, convertidos casi en elementos permanentes del paisaje urbano. No es una anécdota. Es un síntoma.

En los últimos meses, además, algo ha cambiado en la forma en que esta realidad se expresa. Donde antes había resignación silenciosa, ahora empiezan a aparecer quejas formales, reclamaciones registradas y una mayor exposición pública del malestar. Los datos conocidos de 2025 reflejan un incremento significativo de estas reclamaciones, muchas de ellas relacionadas con servicios básicos como el transporte urbano, pero también con el mantenimiento, la limpieza o el estado de las infraestructuras. No se trata de un detalle menor: cuando el ciudadano deja de callar, es porque ha dejado de conformarse.

Sería injusto negar que existen actuaciones, planes y anuncios. Los hay, y forman parte de la acción institucional. Sin embargo, la percepción que se instala en la calle es otra muy distinta. Da la impresión de que la tramitación avanza con mayor fluidez que los resultados visibles, como si la solución habitara siempre en el siguiente expediente, en la próxima licitación o en el anuncio aún por llegar. Mientras tanto, la ciudad sigue esperando.

Ahí es donde surge la verdadera cuestión de fondo. No es únicamente un problema de mantenimiento urbano, sino de enfoque. Una ciudad no se sostiene sobre intervenciones puntuales ni sobre respuestas fragmentadas, sino sobre una atención constante, casi silenciosa, que evita que el deterioro llegue a ser perceptible. Cuando esa continuidad falla, lo que aparece es el parche: una solución provisional que, con el tiempo, deja al descubierto las mismas carencias que pretendía ocultar.

Y, sin embargo, no siempre fue así. No hace tanto tiempo, Cuenca fue reconocida con la Escoba de Plata, un galardón que distinguía precisamente el esfuerzo en materia de limpieza y gestión urbana. Conviene recordarlo, no por nostalgia, sino como prueba de que otra forma de hacer las cosas no solo es deseable, sino posible.

Tal vez el verdadero riesgo no sea el deterioro en sí mismo, sino la costumbre. Acostumbrarse a lo que no funciona, a lo que no llega, a lo que siempre se anuncia, pero rara vez se consolida. Porque cuando una ciudad se acostumbra, también lo hacen quienes la habitan.

Frente a eso, la exigencia ciudadana no debería interpretarse como una crítica destructiva, sino como una llamada razonable a la coherencia: a la verdad en el diagnóstico, a la sinceridad en las explicaciones, a la determinación en las decisiones y, sobre todo, a la eficacia en los resultados.

Al fin y al cabo, aspirar a una ciudad cuidada, limpia y ordenada no es una ambición extraordinaria. Es, simplemente, lo que cualquier vecino debería poder dar por hecho.

Quizá no sea momento de pedir más, si no de aceptar menos.