(Artículo de Manuel Valencia)
Si tenemos claro que la guerra, esta y todas, son una auténtica aberración, habremos avanzado bastante como sociedad. No existen guerras buenas y malas, todas son malas para la humanidad. Me parece lamentable que nuestros políticos se posicionen en uno u otro bando por cuestiones ideológicas, económicas o simplemente estrategias militares de su bando para imponer el poder. Nunca las guerras, y han sido por desgracia demasiadas desde que tengo uso de razón, han solucionado nada a medio y largo plazo, pues la pretendida paz impuesta siempre obviamente por el bando ganador, impone las condiciones de rendición a la trágala, con lo cual el odio, la venganza, se enquistan y vuelven a aparecer pasado un tiempo.
Hemos llegado a un punto donde las normas que nos hemos impuesto, Derecho Internacional, Derechos Humanos y las organizaciones supranacionales como la ONU, son absolutamente inútiles, pues se las saltan a la torera sin que esto suponga un correctivo de ningún tipo, tan sólo palabras bien intencionadas que no tienen ninguna trascendencia, lo cual denota una impunidad total. Si a esto añadimos que las grandes potencias tienen derecho de veto en estas organizaciones, obtenemos la fórmula perfecta para que siempre ganen los países poderosos.
La romántica idea de la Aldea Global que popularizó Marshall McLuhan, en los años 60 —precursora de internet— que tanto beneficio aportó a las comunicaciones sociales a nivel global y por ende a la democratización y la humanización de la opinión, se ve actualmente inducida por los poderes fácticos que se han apoderado de los medios: televisión, radio, prensa, redes sociales etc., de forma que fabrican la opinión pública, quedando en segundo plano las comunicaciones espontáneas y no contaminadas de los ciudadanos. La gente corriente, si se la escucha, nunca quiere la guerra.


