(Artículo de Manuel Valencia Alonso)
Cuando alguien se siente increpado o simplemente contrariado, normalmente suele esbozar una sonrisa maléfica al contrario, enseñando los dientes “dientes, dientes” decía aquel de cuyo nombre no quiero acordarme. Esta actitud simplista de disimular nuestro cabreo frente al adversario creo que no nos aporta bienestar alguno, más bien al contrario, pues esta reacción es archiconocida y demuestra que nos ha impactado.
Esto se hace muy patente en los políticos que muestran esta mueca de forma reiterada, dejando a un lado la aceptación —que no necesariamente aprobación— de las palabras o argumentos del interlocutor. ¿No dicen los manuales democráticos que hay que respetar todas las ideas?, pues parece que no.
Si observamos las imágenes que salen por la televisión en las sesiones de control al gobierno, podemos ver cómo los miembros del gobierno, sobre todo, están pendientes de forma compulsiva, sin disimulo, de los monitores que tienen enfrente sus señorías; exigiendo sus poses y sobre todo, sus risas o sonrisas cuándo habla algún diputado de la oposición, pues en el caso de los socios de investidura esto no ocurre. ¿Qué quieren expresar? Su burla, su falta de interés “pa que te chinches” o quizás su desprecio expresado de forma chusca. ¿Quiénes asesoran a estos “tíos”?
Creo que un gobernante, por lo menos cuándo se televisa sus manifiestos, deberían emitir el discurso con una pose correcta y respetuosa, pues en este caso, los diputados no sólo se dirigen a la bancada, sino a toda la nación. Del mismo modo, cuando escuchan a los opositores, deberían mantenerse atentos a lo que dicen con una apariencia por lo menos educada pero eso es —pedir peras al olmo—.
Me parece que las artes oratorias han muerto y han dado paso al “show business” de los “influencers”

