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Los museos: resistencia frente al olvido

Los museos: resistencia frente al olvido

(Artículo de Emiliano García-Page Presidente de Castilla La Mancha)

Vivimos rodeados de imágenes que duran segundos, de noticias que desaparecen antes de ser comprendidas y de conversaciones condenadas a perderse en la velocidad de las pantallas. Quizá por eso los museos se han vuelto más necesarios que nunca. Porque un museo es, en el fondo, una forma de resistencia. Resistencia frente al olvido, frente a la desaparición y frente a esa peligrosa sensación contemporánea de que nada merece permanecer demasiado tiempo ante nuestros ojos.

Entrar en un museo significa aceptar otra medida del tiempo. Detenerse ante una pieza arqueológica, un cuadro, una cerámica o un fósil; es reconocer que hubo otros antes que nosotros que también intentaron comprender el mundo, representar la belleza, dejar una huella o explicar quiénes eran. Cada objeto conservado encierra una pregunta lanzada desde otro tiempo hacia el nuestro.

En una época dominada por lo inmediato, los museos nos recuerdan algo esencial: que una sociedad no se construye solo con futuro, sino también con memoria. Y que conservar no es acumular cosas viejas, sino proteger aquello que nos ayuda a entendernos. Hay cosas que solo pueden decirse en un museo. Una vasija íbera, una tabla renacentista, un juguete antiguo o el esqueleto de un dinosaurio contienen una emoción silenciosa que ningún algoritmo puede sustituir.

Castilla-La Mancha posee una red museística extraordinaria, diversa y profundamente vinculada a nuestra identidad colectiva. Museos que custodian el pasado, pero que también dialogan con el presente y miran hacia el futuro. Ahí están el Museo de Santa Cruz, el Museo de Guadalajara, el Museo de Cuenca, el Museo de Albacete o el Museo de Ciudad Real-Convento de la Merced, que conservan siglos de historia, arte y arqueología.

Junto a ellos, espacios únicos como el Museo Paleontológico de Castilla-La Mancha, donde ‘Pepito’, el célebre concavenator corcovatus, nos recuerda que también somos herederos de un tiempo remotísimo; el Museo de las Ciencias de Castilla-La Mancha; el Museo Ruiz de Luna, símbolo de una tradición cerámica reconocida internacionalmente; el Museo de los Concilios y de la Cultura Visigoda; el Taller del Moro; el Museo del Niño de Castilla-La Mancha; o el Museo Dulcinea del Toboso, donde la literatura se convierte también en patrimonio vivo.

Pero los museos no son importantes solo por lo que contienen, sino por lo que provocan. Nos enseñan a mirar despacio en tiempos acelerados. A convivir con preguntas. A descubrir que el ser humano lleva siglos sintiendo miedo, esperanza, amor, incertidumbre o deseo de belleza. En sus salas comprendemos que la cultura no es un lujo, sino una forma de conocernos mejor y de reconocernos en los demás.

El escritor y filósofo G. K. Chesterton advirtió que «el mundo no perecerá por falta de maravillas, sino por falta de capacidad de maravillarse». Tal vez esa sea hoy una de las principales tareas de los museos: devolvernos la capacidad de asombro.

Este Día Internacional de los Museos es también una ocasión para agradecer el trabajo de conservadores, restauradores, arqueólogos, guías, investigadores, educadores y profesionales que hacen posible que nuestro patrimonio siga vivo. Gracias a ellos y ellas las piezas no permanecen mudas dentro de una vitrina: continúan hablándonos.

Porque un museo no es un depósito de objetos antiguos. Es una conversación entre generaciones. Un lugar donde el pasado todavía respira. Y, sobre todo, una forma de resistencia frente al olvido y la desaparición.