(Artículo de Virginia B. Panadero)
El 28 de junio no es únicamente una fecha de celebración. El Día Internacional del Orgullo LGTBIQ+ es también una fecha de memoria, de reivindicación y de reflexión colectiva sobre quiénes han tenido históricamente derecho a existir, a ser reconocidas y reconocidos, y a vivir sus identidades y afectos sin miedo. El Orgullo nace de una historia de resistencia frente a la violencia, la patologización, la criminalización y la exclusión de las personas cuyas vidas desafiaban las normas impuestas sobre el género, los cuerpos y las sexualidades.
Desde el Trabajo Social, esta fecha nos interpela especialmente porque nuestra profesión nace vinculada a la defensa de los derechos humanos, la justicia social y la dignidad de las personas. Pero también nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿acompañamos realmente desde una mirada transformadora o, en ocasiones, reproducimos sin querer las mismas estructuras que generan desigualdad?
El Trabajo Social no se desarrolla en un espacio neutral. Nuestras intervenciones ocurren dentro de instituciones, sistemas y contextos sociales atravesados por normas culturales, económicas y políticas. Los servicios sociales, la salud, la educación, la familia, la protección social o la atención comunitaria no están al margen de las desigualdades de género y sexualidad. Las personas LGTBIQ+ no solo pueden encontrarse con dificultades derivadas de situaciones concretas, sino también con barreras estructurales: discriminación laboral, soledad no deseada, violencia familiar, exclusión residencial, dificultades de acceso a recursos, invisibilización o falta de reconocimiento de sus realidades.
Por eso, incorporar una mirada crítica y queer al Trabajo Social no significa únicamente añadir contenidos sobre diversidad a nuestras intervenciones. Supone revisar cómo miramos, cómo nombramos y cómo acompañamos. Significa cuestionar aquellas ideas aparentemente normales que determinan qué cuerpos, familias, relaciones o formas de vida son consideradas legítimas y cuáles quedan situadas en los márgenes.
Durante mucho tiempo, muchas instituciones sociales han funcionado desde modelos basados en la normalización: ayudar a que las personas se adapten a una estructura previamente definida. Sin embargo, el reto del Trabajo Social contemporáneo no debería ser corregir la diferencia, sino preguntarse por qué determinadas diferencias han sido convertidas en desigualdades.
Acompañar desde una perspectiva transformadora implica escuchar las historias de vida sin intentar encajarlas en categorías rígidas. Implica reconocer que cada persona es experta en su propia experiencia y que nuestra función profesional no es hablar por nadie, sino generar condiciones para que todas las voces puedan ser escuchadas. La intervención social necesita menos miradas que clasifiquen y más prácticas que acompañen.
La perspectiva queer nos aporta precisamente esa invitación a incomodarnos: a revisar los privilegios, a cuestionar las normas que damos por universales y a reconocer que muchas veces aquello que llamamos “lo normal” es simplemente aquello que históricamente ha tenido más poder para imponerse.
Desde esta mirada, el lenguaje, los formularios, los protocolos, los espacios de atención y nuestras propias prácticas profesionales adquieren importancia. Preguntarnos si nuestros recursos contemplan diferentes modelos familiares, si nuestros documentos reconocen identidades diversas, si nuestros equipos están preparados para acompañar realidades trans, no binarias o disidentes no son cuestiones menores. Son decisiones éticas que pueden marcar la diferencia entre una persona que se siente reconocida o una persona que vuelve a experimentar exclusión.
Además, el Orgullo nos recuerda que los derechos conquistados nunca deben darse por garantizados. En un contexto donde vuelven a crecer discursos que cuestionan la diversidad, niegan las violencias existentes o presentan la igualdad como una amenaza, el Trabajo Social no puede refugiarse en una falsa neutralidad. Nuestra profesión tiene una dimensión política porque cada intervención contribuye a sostener o transformar la realidad social.
Defender los derechos LGTBIQ+ no significa favorecer a un colectivo frente a otro. Significa defender el derecho de todas las personas a vivir libres de violencia, discriminación y desigualdad. Significa construir comunidades donde la diversidad no sea simplemente tolerada, sino reconocida como parte esencial de la vida humana.
El Orgullo también nos recuerda algo fundamental para el Trabajo Social: muchas de las conquistas sociales nacieron desde los márgenes, desde personas y movimientos que decidieron organizarse, resistir y construir otras formas posibles de comunidad. Las personas disidentes no han sido únicamente receptoras de ayuda o protección; han sido protagonistas de conocimiento, de cambio social y de construcción de derechos.
Por ello, este 28 de junio puede ser una oportunidad para mirar nuestras prácticas profesionales y preguntarnos: ¿qué estructuras seguimos reproduciendo?, ¿qué voces siguen quedando fuera?, ¿qué podemos transformar desde nuestros espacios cotidianos?
Porque trabajar por la diversidad no es solo acompañar cuando aparece el problema. Es construir espacios donde ese problema deje de existir. Es pasar de una intervención basada en incluir a quien queda fuera, a una transformación social que cuestione por qué alguien tuvo que ser excluido en primer lugar.
El Trabajo Social tiene ante sí el desafío y la responsabilidad de seguir abriendo caminos hacia una sociedad donde todas las vidas puedan ser vividas con dignidad. El Orgullo, entonces, no es solo una celebración. Es memoria, es resistencia y es también una invitación profesional y ética a seguir transformando.
