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La ARMH de Cuenca lamenta que el Ayuntamiento de Tarancón no permita hacer sonar las sirenas antiaéreas en Casa Parada

La ARMH de Cuenca lamenta que el Ayuntamiento de Tarancón no permita hacer sonar las sirenas antiaéreas en Casa Parada

L a Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Cuenca lamenta en un comunicado que el Ayuntamiento de Tarancón no permita hacer sonar las sirenas antiaéreas, tal y como ha venido haciendo desde hace unos meses, así ha remitido una nota de prensa a nuestra redacción en la que explica las circunstancias de esta prohibición:

«Hoy teníamos que informaros que el martes 22 a las 10:30 de la mañana sonaría de nuevo la sirena antiaérea desde Casa Parada en Tarancón recordando el bombardeo que sufrió la localidad la noche de ese mismo día de 1937. 

 

Sorpresivamente el Ayto de la localidad el viernes por la noche, a través de una tercera persona y por vía telefónica nos «informaba» de la prohibición de realizar este pequeño acto de recuerdo a partir de ese momento. Por tanto, el toque de sirena ya anunciado para el día 19 ya no pudimos realizarlo, a pesar de no tener ninguna notificación oficial por vía administrativa del Ayto dirigido por Jose Luis López Carrizo. 

 

Nos sorprende sobremanera este cambio de parecer, y sobre todo, las formas de hacernos llegar el mismo. En octubre de 2021 por vía administrativa, hicimos la solicitud para realizar este acto cada uno de los días del año en los que se produjeron los bombardeos a la ciudad; por la misma vía oficial nos fue concedido el permiso para llevar a cabo la iniciativa. Desde entonces no hemos tenido ninguna otra comunicación del consistorio al respecto, y las sirenas han sonado 7 veces en nuestra localidad.  Reiteramos nuestro rechazo a la prohibición del mismo, y que se haya comunicado de forma oficiosa a través de terceras personas y sin ningún tipo de diálogo con nuestra asociación«.

Según el testimonio de una voluntaria estadounidense de Brigadas Internacionales sobre el bombardeo nocturno del 22 de marzo de 1937.;

Rose Freed (Dorothy Hardy), Técnica de laboratorio, microbióloga y enfermera de Nueva York, servía en los hospitales de Tarancón en 1937 legándonos su memoria del bombardeo nocturno del 22 de marzo de 1937.

La noche pasada festejamos el cumpleaños del Dr. Goland; hicimos una fiesta en la Casa Americana. Yo hice primero mis rondas y después fui a ver cómo iban las cosas en la fiesta. Estábamos bebiendo champán y dándole al Dr. Goland su regalo cuando a medianoche las luces se apagaron y empezamos a oír el ruido de aviones, con lo que se hizo un profundo silencio en la habitación. Yo hablé para decir que me iba al hospital, pero el Dr. Bloom me gritó “no vayas si aprecias tu vida”. El Dr. Barsky dijo que también él se iba al hospital. Yo corrí al hospital nº 3 en la carretera de Valencia, el Dr. Barsky al nº 1 y el Dr. Odio al nº 2. Cuando llegué, me quedé junto a la puerta del hospital buscando en el cielo estrellado señales de los aviones, pero estaban muy altos y no tenían luces. Volaban dando vueltas sobre nuestras cabezas, descendiendo cada vez más al tiempo que el ruido de sus motores se hacía más intenso. Me precipité dentro del hospital para encontrarme a varios pacientes civiles españoles histéricos, y no los puedo culpar por eso, porque todos habían sufrido muchas veces el terror causado por las repugnantes tácticas de los bombardeos fascistas. Sus mentes solo estaban reflejando las consecuencias de ese terrorismo, el mismo que había alcanzado a sus padres, hermanos, novios y maridos, que habían muerto en el campo de batalla. ¿Podían ser culpados por sufrir histeria cuando sabían lo que nos esperaba?, ¿qué derecho tenía yo, que apenas había probado lo que ellos ya conocían tan bien, a estar asustada? Con mi corazón latiendo casi tan ruidosamente como el rugido de los motores que teníamos encima hablé a los heridos para decirles que teníamos que ser valientes. Les dije que tenían que apoyar a sus hermanos españoles que estaban en sus camas indefensos y en su mayoría incapacitados para moverse. Volví a sentirme fuerte y serena. Se pegaron a mí en un abrazo fortísimo, me besaron y secaron sus lágrimas. De inmediato llegó la primera explosión ¡nadie puede imaginar eso, que es como si la tierra se abriera debajo de ti!, la luz de la bengala de magnesio para que los pilotos puedan comprobar si sus bombas impactaron bien, y a continuación ocho explosiones más y otra vez la metralla volando en todas las direcciones. Después el silencio, que parecía no tener fin. Corrí hasta el hospital nº 1 y después al nº 2, y luego volví al mío, donde encontré a todos llorando sin ruido. Les pedí que se durmieran y me quedé sola. Más tarde, en la mañana, el Dr. Sorrel me dio el relevo.

Primera unidad médica estadounidense Brigadas Internacionales fila de atrás desde la izquierda: Mildred Rackley, Taos, New Mexico; Dr. Nathan Bloom, New York; Dr. Albert Byrne, San Francisco; Dr. Edward Barsky, New York; Dr. Edwardo Odio y Perez, Havana, Cuba; Harry Wilkes, New York; Dr. Phil Goland, Cincinnati; and Helen Freeman, Brooklyn, N.Y. Fila de adelante desde la izquierda: Lini Fuhr Paterson, N.J.; Salaria Kea, New York; Frederica Martin, New York; Ray Harris, New York; Anna Taft, Brooklyn, N.Y.; and Rose Freed, New York.