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Tarancón celebra el tradicional Domingo de Cuasimodo con la Procesión de Impedidos, una tradición con siglos de historia

Tarancón celebra el tradicional Domingo de Cuasimodo con la Procesión de Impedidos, una tradición con siglos de historia

Tarancón ha celebrado hoy una de sus tradiciones más arraigadas y significativas con motivo del Domingo de Cuasimodo: la conocida “Procesión de Impedidos”, una manifestación religiosa que mantiene vivo el espíritu de cercanía y atención a los más vulnerables.

Organizada por la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, esta procesión tiene como objetivo principal acercar la Eucaristía a las personas enfermas o con movilidad reducida, permitiendo que puedan recibirla en sus domicilios o en distintos puntos del recorrido.

El origen de esta celebración se remonta a siglos atrás. Según recoge la tradición, ya en torno al año 1665 existía en Tarancón una Hermandad de Impedidos encargada de velar y llevar la comunión a los enfermos. Posteriormente, en 1852, la actual hermandad estableció oficialmente esta festividad en el domingo siguiente al de Resurrección, tal y como reflejan sus estatutos.

Esta práctica tiene también su base en la tradición católica fijada tras el Concilio de Trento, cuando se estableció la obligación de comulgar al menos una vez al año. Ante la dificultad de enfermos, ancianos e impedidos para cumplir con este precepto en fechas como el Domingo de Resurrección, se reservó el segundo domingo de Pascua para llevarles la comunión a sus hogares.

El nombre de “Cuasimodo” procede de la antífona latina “Quasi modo geniti infantes” (“Como niños recién nacidos…”), que hacía referencia a la renovación espiritual de los cristianos tras la Resurrección.

En la actualidad, la jornada mantiene su esencia tradicional: tras la celebración de la Eucaristía, da comienzo la procesión en la que el párroco porta la comunión bajo palio, acompañado por cofrades y música, recorriendo las calles para atender a quienes no pueden desplazarse.

La Procesión de Impedidos vuelve así a convertirse en un ejemplo del arraigo de las costumbres taranconeras, así como del valor de su patrimonio cultural, religioso y solidario, que sigue transmitiéndose de generación en generación.