(Artículo de Hilario Priego Sánchez-Morate)
Hay pueblos que, aun siendo pequeños, contienen una historia que desborda sus límites geográficos. Almendros es uno de ellos. Situado en la llanura conquense, entre Uclés y el Gigüela, este municipio ha sido escenario de repoblaciones medievales, paso de caminos romanos, lugar de hallazgos arqueológicos y cuna de personajes que dejaron huella en la política, la literatura y la administración del Imperio español. Su tamaño nunca ha sido proporcional a la magnitud de su pasado.
El topónimo Almendros procede del latín amygdala, que en el habla popular derivó en almendra. Todo apunta a que la aldea surgió en la repoblación del siglo XII, en un paraje donde estos árboles eran abundantes. Pero la historia del lugar es mucho más antigua: a finales del siglo XIX, el jesuita Edouard Capelle documentó en su término 49 hachas prehistóricas, prueba de un poblamiento remoto. Y los estudios sobre las vías romanas de Cuenca sitúan por aquí un ramal que unía Segóbriga con el Tajo, pasando por Tribaldos, Villarrubio y Saelices.
Durante la Edad Media, Almendros formó parte del alfoz de Uclés, dentro del sexmo de Tribaldos. A su jurisdicción pertenecieron enclaves hoy desaparecidos como Membrilleras, con su célebre cueva de La Plata, o La Moraleja, citada ya en 1224. La aldea prosperó lo suficiente como para obtener en 1558 su independencia, mediante el pago de 1.150.000 maravedís a la Corona. Desde entonces, Almendros ha mantenido una identidad propia, discreta pero firme.
La Iglesia de la Invención de la Santa Cruz es el corazón histórico y artístico de Almendros. Su nombre remite a la festividad del hallazgo de la cruz por Santa Elena, y —levantada entre los siglos XVI y XVII— es una de las joyas del renacimiento conquense. En su friso aún puede leerse la inscripción latina que recuerda su reconstrucción en 1531.
El templo pertenece al grupo de iglesias columnarias, con cabecera poligonal y bóveda de crucería. Su retablo mayor, ejecutado por la familia Villadiego y dorado por Juan de Castro, es una pieza excepcional del siglo XVII, representativa de un plateresco tardío y solemne. A ello se suman dos retablos barrocos laterales, uno de ellos atribuido al arquitecto Jaime Bort, autor de la fachada de la Catedral de Murcia.
El patrimonio mueble de la parroquia sorprende por su calidad: una cruz procesional del siglo XVI, un incensario de Cristóbal Becerril, relicarios, custodias y cálices de notable factura. Piezas que hablan de un pueblo que, pese a su tamaño, supo rodearse de arte.
Como tantos municipios de la España interior, Almendros sufrió un declive demográfico severo a lo largo del siglo XX: de 1.372 habitantes en 1940 a poco más de 270 en 2015. Pero la pérdida de población no ha borrado su memoria. Al contrario: la ha hecho más valiosa. En un tiempo en que muchas guías de Cuenca apenas mencionan al pueblo, su historia —silenciosa, persistente— reclama ser contada.
Y entre sus páginas destacan dos figuras que, nacidas en Almendros, alcanzaron proyección nacional e incluso internacional: Gabriel Fernández de Villalobos, aventurero, escritor y político del siglo XVII, y Francisco Martínez Contreras, abogado, periodista y diputado en la Restauración.
Nacido en Almendros el 31 de octubre de 1646, Gabriel Fernández de Villalobos y de la Plaza vivió una vida que parece sacada de una novela de aventuras. Emigró a América con apenas doce años y allí fue grumete, soldado, tabernero de piratas, contrabandista, esclavo en la Barbada, comerciante en Curazao y navegante incansable. Naufragó cinco veces. Trató con piratas, armadores, negreros y gobernadores. Amasó una fortuna y se ganó enemigos.
Pero su mayor singularidad no fue su vida azarosa, sino su lucidez política. En sus Vaticinios de la pérdida de Indias, escritos en la Corte de Carlos II, advirtió que España podía perder sus territorios americanos si no corregía la corrupción, el abandono de los criollos y el abuso sobre indios y negros. Fue uno de los primeros en prever la fractura del Imperio.
Protegido por don Juan José de Austria, llegó a influir en la política indiana, pero tras la muerte del valido cayó en desgracia: destierro, prisión, persecuciones y un final incierto. Su figura, sin embargo, sigue siendo una de las más fascinantes del pensamiento político del siglo XVII. Y era de Almendros.
Tres siglos después, Almendros vio nacer a otro hombre de carácter: Francisco Martínez Contreras (1869–1917). Abogado brillante, periodista combativo y figura clave del conservadurismo conquense, fue concejal y teniente de alcalde en Madrid, diputado por el distrito de San Clemente y director de varios periódicos.
Su carrera estuvo marcada por episodios de tensión política, como el célebre conflicto electoral de 1910, que llegó a provocar un escándalo en el Congreso. Hombre de ideas firmes, no dudó en enfrentarse a su propio partido cuando lo consideraba necesario. En 1911 participó en la colocación de la primera piedra de la torre de la iglesia de Almendros, gesto que simboliza su vínculo con su pueblo natal.
Murió en 1917, dejando tras de sí una trayectoria intensa y un nombre que merece ser recordado sin caricaturas ni simplificaciones.
Almendros no es un punto perdido en el mapa. Es un lugar donde confluyen caminos romanos, aldeas medievales, arte renacentista, retablos barrocos, despoblados olvidados, manantiales antiguos y personajes que vivieron vidas extraordinarias. Un pueblo que ha dado más de lo que ha recibido. Que conserva una iglesia monumental, un patrimonio notable y una memoria que merece ocupar un lugar destacado en la identidad de la provincia. Porque hay pueblos que, aun siendo pequeños, contienen un mundo entero. Almendros es uno de ellos.
