(Artículo de Javier De La Torre)
Cuando uno ojea los informes PISA de los últimos años, los resultados obtenidos por Andalucía en comparación con otras regiones de España, son contundentes. Ante esta penosidad continuada de los resultados, cabe preguntarnos, en primer lugar, si los que dirigen el cotarro aguas abajo (Consejeros, Delegados, Inspectores, ….) son los más listo de la clase. O, tal vez, existen otros preceptos pactados por amiguetes, en oscuros rincones para hacerse con los distintos mandos de los “cortijos andaluces”. Es decir, eso que comúnmente conocemos como “corporativismo”.
Y en segundo lugar, si los criterios de elección para la función de Director de centro y de las personas que toman esa decisión, son elegidos ambos, en razones de idoneidad, competencia y capacidad. Porque después, toca lo que toca en los centros. O como suelo decir “si el capitán del barco es un incompetente, el destino se llama «Iceberg». Y con esto, cerramos el círculo vicioso con caída en espiral, de “la cosa educativa andaluza”.
Distingamos inicialmente, el ejercicio de la dirección, del ejercicio de la aplicación de leyes y normativas. La exclusividad del segundo caso, con altísima frecuencia trae el desconocimiento del primero. Dirigir, es algo más que la aplicación ridícula del anexo I o la resolución X. Es, en esencia, (como indica Rayol, Steiner u otros), actuar como facilitador y buscador de soluciones. Así se supera la simple cadena mando derivada de tal o cual disposición o regla, que como limitados “tiranos normativos” o “mediocres leguleyos” – los famosos ADL («Aplicadores De Leyes») – entienden las normas, no como medio, sino como un fin en sí mismo. En lugar de ello deberían aplicar criterios de más amplias miras. Ya lo decía Carlos Aravena; “se gasta más energía controlando que motivando».
A nivel más bajo, quisiera centrarme en lo vivido-padecido con el equipo directivo de conservatorio Elemental de la Macarena, desde el pasado Septiembre. Equipo cuya palmaria ineficiencia unas veces, por cobardía funcionarial otras y por silencio cómplice otras, también parapetado bajo otro término comúnmente conocido como “amiguismo”.
Jamás se podrá ejercer una dirección proactiva, cuando se obra desde la mala fe. Tampoco cuando solo se tiene sesgo de negatividad, falta de empatía y de generación de equipo, nula presencia en eventos externos, ni capacidad de negociación o de motivación. Igualmente, no se podrá ejercer cuando no se posee la más mínima competencia en liderazgo, ni de comunicación asertiva. Cuando se toman actuaciones ILEGALES (como elegir los días libres que le corresponden al docente), obviando las soluciones tomadas y puestas urgentemente en práctica. También cuando se autojustifica continuadamente sus propias ausencias de clases, o se prorroga las vacaciones veraniegas a los suyos, hasta el 15 de septiembre. Por si fuera poco, cuando se ignoran preceptos de la Consejería como son las reuniones telemáticas (por cuanto implica de preparación). O cuando se exceden licencias a los que les baila el agua, se ignoran a los críticos (“Ius utendi et abutendi” dirían los antiguos romanos) o no se atienden a contundentes razones de fuerza mayor (climatológicas, ferroviarias, médicas o legales). Finalmente, cuando los niveles rotacionales de docentes en el centro en un mismo año superan ampliamente el nivel crítico del 20%. Aún más, cuando esos niveles son mayores aún, de un año al siguiente, pues como dice Rodolfo Carpintier “el talento no permite el ordeno y mando”.
Es la consecuencia que poner a un «dueño del cortijo” que en lugar de empujar, estorba, con burocracias administrativas y “senequianas”, sin aportar ningún beneficio al colectivo. Además, el agotamiento del proyecto educativo era muy evidente a los ojos de todos los stakeholders que conformaban este centro.
Y a todo esto, inspección y delegación provincial de Educación de Sevilla, mirando para otro lado. Su inspectora de centro interviene con un retraso de 117 días hábiles, ignorando la treintena de escritos presentados (incluidos algunos de los propios padres y madres) o los indicadores que mi historial docente, les pudiera facilitar. No quisiera ni imaginar, ¿Cuantos cadáveres se ha acumulado en esos armarios durante más de tres lustros sin la más mínima olfateada de sus superiores?
Me despido con la absoluta tranquilidad de mi conciencia (no hay jueza más severa que esta), apelando a Ernest Henley en su poema «Invictus»; «Ya no importa cuan recto haya sido el camino, ni cuantos castigos lleve a mi espalda», y ni siquiera, a cuantas sanciones me quieran imponer, incluida poca vergüenza de aplicar la suspensión de empleo en periodos vacacionales.
Agradezco a padres y alumnos, esta experiencia regalada. Es la única razón que hace digna a esta profesión de docente y confío que el nuevo equipo directivo, extraiga de lo aquí dicho, conclusiones que aporten a la mejora continuada de la práctica docente. Les deseo la mejor de las suertes a esos compañeros que en algún momento, me prestaron sus oídos.
