(Artículo de Juan Peñalver Alcázar)
Cuando preparé la entrega dedicada a los médicos, comenté que me llamó mucho la atención la existencia en el Archivo Histórico Provincial de Albacete de una serie de legajos relacionados con Tarancón y especialmente uno que se titulaba Matrícula de todas las personas que en esta villa exercen oficio, comercio, industria, arte y profesión, para pagar el derecho de patentes que viene al hilo de un Real Decreto del 19/11/1811 por el cual según su artículo 1 “todo individuo que ejerza en el reino algún comercio, industria, arte, oficio o profesión deberá obtener desde el 1 de enero de 1811 en adelante una licencia o patente, sin la qual no podrá exercer su profesión arte o industria”. Dicha licencia era de carácter personal y la tarifa a satisfacer venía también regulada en el propio real decreto, que recogía una tabla donde se clasificaba a las distintas poblaciones según unos requisitos y se asignaba a cada procesión una cantidad a pagar. En el caso de Tarancón, se le calificaba como villa o lugar donde hubiere corregidor, alcalde mayor o juez de primera instancia y a los albeytares de dichos lugares una tarifa de 120 reales quedando adscritos a la misma categoría que por ejemplo alquiladores de coches, buñoleros, carniceros, cocineros, bizcocheros, notarios, molineros, sastres y panaderos, vinculación cuanto menos curiosa. Este documento fue recibido en Tarancón el 31/07/1811 aunque el 26/08/1811 todavía no se había aplicado, según una llamada de atención que consta en el propio documento por parte de la autoridad provincial. Lo interesante, es que del mismo modo que se me sirvió para conocer quién ejercía la medicina en Tarancón en esa fecha, me ha servido para localizar hasta 4 albéitares: Gregorio Espada, Francisco Espada, Norverto Yela y Pedro Pérez.
Aquí tenemos la primera sorpresa, el apellido Yela. Es muy probable que este Norverto Yela sea el padre de D. Silvestre Yela del que ya hablé en la primera parte dedicada a los veterinarios. Pero la preparación de la entrega a los médicos arrojó otro dato que se relaciona con los veterinarios. En la publicación titulada Indicador de España y de sus posesiones ultramarinas de 1866 existe una relación de profesionales establecidos en Tarancón, no aparecen veterinarios ni albéitares, pero sí los siguientes nombres Silvestre Yela con un negocio de hilos y Marcelino Villalobos con un negocio de ultramarinos…la coincidencia es completa ¿será posible que además de veterinarios, estas personas se dedicarán a estas otras profesiones? De ser así está claro que la precariedad de la veterinaria viene de lejos.
De la relación de veterinarios que en su momento recopilé, recupero los siguientes:
| NOMBRE | PERÍODO DE ACTIVIDAD SEGÚN LOS NÚMEROS DISPONIBLES DEL ANUARIO |
| Manuel Alcolea y Saiz
(aparece un Manuel Alcolea hasta 1894, debe ser hijo del anterior) |
1881 – 1886 |
| Nicomedes de la Osa | 1881 – 1888 |
| Nicolás Martínez | 1886 – 1911 |
| José María Salto | 1908 – 1911 |
Porque una de las razones que me han movido a dedicar una segunda parte a los veterinarios es el haberme cruzado con varias historias que tienen por protagonistas a estos veterinarios.
La más triste, por las implicaciones que tiene es la de D. José María Lino Salto y Quintero que conocí a través de una carta suya que publica en La España Nueva (número del 7/01/1916). De este veterinario sabemos por el número 47 de La Veterinaria Española del 30/11/1904 que fue propuesto como vicepresidente de la Unión de Escolares Veterinarios de Madrid siendo alumno libre de cuarto curso. Moriría en Motril el 28/09/1936. Es una carta dirigida a D. Rodrigo Soriano director del periódico, que formaba parte de los movimientos republicanos de este período de la Restauración. Y es una carta en la que se denuncia el caciquismo imperante en Tarancón, de la mano de los seguidores del que era diputado por Cuenca D. Juan Cervantes, que aparece siempre con la afiliación de conservador. Situación, por otra parte, entiendo que bastante común en la España de la época y que fue de hecho una de las razones que precipitó la caída del régimen de la Restauración.
Se presenta D. José María indicando que tiene 49 años, que es teniente de infantería por méritos de guerra, en concreto por participar en la guerra de Cuba, que es profesor veterinario con ejercicio en Tarancón, pero además (y esto es lo que le va a granjear todos sus problemas) juez municipal. El motivo de su carta es el de informar al director de “una serie de atropellos y sinvergonzonerías que ocurren”. Nos cuenta que “sobre las 16:00 de esta tarde [24/12/1915] detecto que en el único Casino de sociedad de Tarancón se estaba jugando a la banca o monte” que debía ser ilegal porque inmediatamente acude en busca del juez de instrucción, al que no encuentra, por lo que a continuación acude a la Guardia Civil. Con los guardias organiza la “redada”, primero irá él, para no llamar la atención, y después los guardias. Previendo posibles complicaciones, nos informa que se arma de su bastón de mando y de un revólver (el justifica que puede portarlo porque dispone de licencia de armas, como militar y como cazador).
Como era de espera, sorprende a los jugadores y tal y como pensaba cuando los guardias se aproximan al Casino, el conserje acude a prevenir (tarde ya) a los infractores. El conserje se abalanza sobre D. José María y trata de arrebatarle las cartas y el dinero “en ese momento saco mi revólver advirtiéndole de que puedo hacer uso de él”. En este momento (imaginemos la situación) aparece el juez de instrucción que, y ahora viene lo que desespera a nuestro protagonista, le insulta, le maltrata verbalmente delante de todos y ordena al cabo de la Guardia Civil que le registre, requisándole el arma. D. José María da parte de lo incautado “210 pesetas en monedas de a 5 cada una, plata; 1 moneda de 2 pesetas y 21 monedas de a peseta junto con 20 fichas de 25 pesetas, 17 fichas de 2.50 pesetas”. Reconoce que, a pesar de las ofensas, y aún cuando como caballero no debería, se mantiene callado por miedo a que las consecuencias hubieran sido mucho peor.
De este relato pasa a informar que en Tarancón existe una Sociedad, llamada Cooperativa de Consumo donde él era vocal de su junta directiva, pero renunció. Ahora viene el segundo episodio de caciquismo o corrupción. Resulta que el presidente y el tesorero de dicha Cooperativa deciden organizar un banquete con cargo a los fondos de la Sociedad. Ante esto, pregunta al presidente “¿tiene el señor presidente la bondad de decirme a qué capítulo cargan las comilonas de la Directiva?” a lo que le contesta “al capítulo de imprevistos”. Continua con la relación de situaciones anómalas, como el nombramiento de un juez municipal que también ejercía el cargo de recaudador de Consumos, hecho que denunció al Ayuntamiento pero que fue desestimada.
La situación llegó al extremo de que el 20 de diciembre de 1915 recibió un anónimo amenazante donde se le avisaba que en el momento en que dejara la vara de mando, o sea en el momento que dejara de ser juez, lo iban a “quitar de en medio” él sospecha quién es, cree que es un tipo al que apodan Don que ya la insultó y trató de agredirle delante de 5 guardias municipales porque no dictaba las sentencias tal y como este sujeto las indicaba. También denunció este hecho al juez de instrucción, que lo calificó como falta no como delito. Insinuándole a demás que no encontraría a ningún juez que quisiera juzgar este caso.
Finaliza su carta, pidiendo ayuda al director del periódico, porque reconoce que lleva días sin dormir, que ha valorado el suicidio pero que no puede habida cuenta que tiene a su cargo a dos sobrinos huérfanos de padre y madre, un niño de 11 años que estudia por libre “tres asignaturas de cuarto y dos de quinto” y una niña de 10 años. Solicita que el director del periódico le conceda una audiencia para seguir relatando los desmanes de Cervantes y los suyos.
No es posible saber, cómo terminaría D. José María si consiguió entrevistarse con el director del periódico o si sufrió nuevos ataques. Pero cuando se revisa la prensa de la época, no son pocas las noticias de amaños y de dificultades para poder desarrollar las votaciones en Tarancón de manera limpia, de tal modo que las situaciones que relata nuestro personaje debían estar a la orden del día. Amenazas y rencores que ya sabemos a lo que condujo.
Ahora de nuevo, le toca el turno a D. Manuel Alcolea y Saiz y a su hijo D. Jesús Alcolea y Fernández o mejor a sus hijos, porque también he encontrado referencias a otros dos veterinarios hijos de D. Manuel, D. Manuel Alcolea y Fernández y D. Federico Alcolea y Fernández.
De su padre, tenemos una referencia póstuma, en el número del 29/02/1888 de La Veterinaria Española se lee: “tenemos exacto conocimiento de las tres epizootias [1872 – 1876 – 1880] que se ha presentado en Tarancón [se refiere a lo que llamaron como la enfermedad de los burros y que podría tratarse de muermo equino] por uno de los más distinguidos y concienzudos veterinarios prácticos de nuestra nación, que unía a su claro talento, vasta instrucción, honradez profesional ejemplarísima, práctica severa y acendrado amor a su clase… nos referimos a D. Manuel Alcolea y Saiz ya difunto, establecido en Tarancón (Cuenca) en cuyo pueblo ejerció la veterinaria durante cerca de 40 años”
A lo que se refiere el articulista es a esta narración de D. Manuel donde relata el cuadro observado en un burro de cinco años. Nos dice que el primer aviso que recibió, lo atendió uno de sus mancebos el cual diagnosticó neumonía y ordenó que se le practicara una sangría, así como friegas y vahos. Al cabo de unos días fue el propio D. Manuel quien visitó al animal y tras reconocerlo, el dueño le preguntó “¿qué enfermedad padece?” a lo que dijo “No lo sé todavía, pero seguro que es mortal”. Al día siguiente otros 9 animales en el pueblo presentaron los mismos síntomas afectando en los sucesivos días también caballos y mulas. A partir de la necropsia efectuada al primer animal enfermo, estableció que el diagnóstico era influenza modificada en su opinión por las condiciones individuales de los afectados y por las características del pueblo. Nos cuenta que “las localizaciones de la enfermedad no se verificaron siempre en el apartado respiratorio sino indistintamente en el respiratorio y en el digestivo y no pocas veces en los dos. En muy pocos casos hubo adinamia completa y absoluta, sino más bien alternativas de adinamia y ataxia aun cuando predominaba la primera, pero no completa sino reducida a los fenómenos voluntarios de la vida del animal. El estado particular de la sangre parece influir casi exclusivamente a las capas corticales del cerebro por lo que afecta a la sensibilidad consciente y fenómenos motores voluntarios y sólo de un modo muy secundario a los fenómenos reflejos”. Emplea como tratamiento: revulsivos generales, friegas con aguarrás, baños fríos, medicaciones tónicas y antipútridas, agentes difusivos, aceite fosforado, vahos con brea y ácido fénico. No sabemos el éxito de los mismos, ni la evolución posterior de la enfermedad porque no lo relata, pero podemos hacernos una idea de cómo fue a través de un artículo publicado en el número 825 de 1880 de La Veterinaria Española, porque aquí se hace un resumen precisamente de cómo fue el desarrollo de la enfermedad que se denominó enfermedad de los asnos en 1877 en Madrid y que también se hizo sentir con intensidad en Toledo y Cuenca. Comienza esa descripción con otro párrafo premonitorio de lo que debe ser la ciencia en el futuro “la veterinaria como todas las ciencias naturales debe su progreso a la observación sin ella permanecería eternamente estacionada. Pero de poco puede servir para el adelanto de una ciencia, las observaciones aisladas de un solo hombre, nunca podrían llegar a ese perfeccionamiento apetecido y mucho menos si no se publican para conocimiento de los demás”. Aquí se dan más detalles de la sintomatología, del aspecto de los animales enfermos, de los hallazgos de la exploración de los mismos y se aporta la siguiente conclusión “las causas determinantes de esta enfermedad deben atribuirse al contagio. En la caballeriza donde llegó a ser atacado un individuo casi siempre lo fueron sucesivamente los demás existentes en ella, empezando de manera invariable por el ganado asnal, atacaba luego al mular y caballar (…) el contagio a mi juicio hubo de provenir de los inmediatos de Colmenar y Chinchón, donde existía ya, produciendo víctimas hacía más de un mes y con tanto más motivo cuanto que ninguna medida de policía sanitaria tomaron allí”. Y finaliza el autor con otro párrafo que sin saberlo nos está hablando del concepto de inmunidad adquirida, dice “una cosa también me ha llamado la atención en esta epizootia y debo mencionarla en este lugar. El año anterior y en la misma época fueron atacados de esta enfermedad diez o doce burros, ninguno de ellos la padeció en el año de que me ocupo ¿será que una vez que un animal haya sufrido la enfermedad en cuestión queda preservado por más o menos tiempo de padecerla otra vez? No se dispone en el repositorio de documentos de la Universidad Autónoma de Barcelona del número 826 de modo que no puedo identificar al autor de este artículo ni tampoco el pueblo exacto del cual escribe.
Para terminar con D. Manuel, en este mismo artículo de puesta en valor de este veterinario, hay un último párrafo que no tiene nada que ver con la situación de epizootia que venía relatando, pero que me parece muy destacable porque es un claro ejemplo de que la cooperación, médico – veterinario (que ahora se ve tan necesaria y que se considera fundamental desde el punto de vista de la salud pública, aunque no todo el mundo la entiende) ya existía, nos dice el articulista: “por otra parte D. Manuel Alcolea, D. Silvestre Yela y D. Marcelino Espada [ojo al apellido porque coincide con el de los albéitares de 1811] han registrado durante el cólera que azotó en 1854, 1856, 1860 y 1865, numerosos casos de cólera en caballos, mulas, asnos y gallinas [efectivamente, existe un proceso causado por la bacteria Pasteurella multocida que se conoce con el nombre de cólera aviar], casos perfectamente caracterizados que no dejaban lugar a duda, como así lo reconocieron los médicos Sres. Richart y Sanz en los casos que vieron, invitados por los veterinarios citados”.
Las referencias a sus hijos las he encontrado en una publicación denominada La Veterinaria Contemporánea (1890 – 1893) de la cual D. Jesús Alcolea Fernández fue director y redactor hasta mayo de 1893 (tal y como se indica en el número 79). De modo que se confirma su gran capacidad de trabajo porque en esta publicación, como no podía ser de otra manera, existen numerosos artículos suyos (ahora comentaré uno de ellos dedicado a un caso clínico en Tarancón) en uno de los cuales (31/08/1890) dice: “reconocida oficialmente por desgracia la existencia del cólera en España, rogamos encarecidamente a todos los veterinarios que estudien con todo cuidado las enfermedades de los animales domésticos que presenten alguna analogía con tan terrible enfermedad en la especie humana pues si bien algunos hombres de ciencia niegan que tal enfermedad exista en los principales seres domésticos, otros muchos por el contrario afirman su existencia y fundan grandes esperanzas en su estudio. La Patología comparada es la base fundamental de los grandes adelantos de la ciencia moderna”.
Pero también sus hermanos participaron en la redacción, así D. Federico Alcolea Fernández escribe el 31/10/1892 “Un diagnóstico equivocado por olvidar los conocimientos fisiológicos”, de él sabemos a través del escalafón publicado el 6/10/1935 que era veterinario titular de La Fuente de Pedro Naharro y que en 1935 su antigüedad era de algo más de 34 años. Su hermano, D. Manuel Alcolea Fernández se vio envuelto en una polémica con otro veterinario llamado D.Antonio López y López a resultas de un artículo escrito por este último dedicado a las contusiones en la cruz, dorso y lomos de los caballos y a cómo debían abordarse clínicamente (tratamiento quirúrgico vs tratamiento antiséptico). Lo curioso es que D. Antonio escribía en otra publicación, llamada Guía del Veterinario Práctico y D. Manuel le contestaba desde la publicación de su hermano, discusión que se mantuvo desde mayo de 1890 hasta octubre del mismo año. El tono inicialmente cordial va virando a una crítica más o menos mordaz hacia los métodos de uno y otro. Es en uno de esos artículos (15/07/1890) donde encontramos varias referencias vitales tanto de los hermanos Alcolea como de su propio padre: “(…) yo [Manuel] en mi corta práctica (pues sólo hace dos años que soy veterinario, aun cuando he asistido a la práctica de mi buen padre (q.g.h) he visto que por regla general el veterinario casi siempre es llamado tarde [otra cosa que parece no haber cambiado]. Recuerdo que allá en mi juventud, en vida de mi pobre padre, que era concienzudo clínico e ilustrado profesor (que no obstante esto, se quedó sin parroquia y murió pobre…gracias a dos veterinarios de la libertad de enseñanza que ponían las herraduras medio real más baratas y no cobraban iguala) trataron él y mi querido hermano Jesús, que hacía poco había concluido la carrera un caballo de diligencias que padecía una lesión en la cruz y después de mes y medio de estar empleando un enérgico tratamiento no tuvieron más remedio que practicar una cruenta operación quirúrgica”. Aquí el hermano, Jesús, aprovecha para colocar una nota al pie de página para reforzar la postura de su hermano, “el recuerdo que invoca mi hermano es perfectamente exacto y el hecho que refiere me sirvió de provechosa lección para desconfiar de entusiasmos estudiantiles y reconocer una vez más el admirable tacto, la pericia clínica y la profunda experiencia del mejor de los padres. Confieso que me equivoqué, que recibí una severa lección del mejor, del primero y del último de mis maestros, del cual había recibido ya muchas y que ésta me obligó a amarle y respetarle más (…)”. Y última sorpresa, un artículo también del 15/07/1890 titulado “Importante papel que está llamado a cumplir el veterinario en las cuestiones de higiene pública humana” firmado por ¡D. Víctor Alcolea! ¿será posible que hubiera un cuarto hermano también veterinario?
Vamos con el caso clínico que relata D. Jesús Alcolea en el número del 30/04/1890. El paciente es una mula, andorrana, de 7 años, de 135 cms de alzada destinada al tiro de carro y “temperamento linfático”. El dueño se llama Rafael Malva que acudió al veterinario de Tarancón identificado como D. Nicomedes de la Ossa [ya lo habíamos registrado en la primera entrega y como dato adicional que encontré al preparar la entrega de los médicos, es que formaba parte del Comité Local constituido en 1886 del partido liderado por D. Manuel Becerra] en una primera exploración los síntomas eran inaparentes, el animal se presentaba triste, con inapetencia, dificultad en la micción pero buen estado de carnes y “voluntariosa para el tiro”. El veterinario diagnóstico indigestión, que trató con un purgante y a petición del dueño le practicó media sangria. En vistas que el animal no mejoraba, al contrario, comenzó a presentar fiebre, el dueño avisa al sustituto de D. Nicomedes, aquí D. Jesús es muy cauto porque dice que no recuerda el nombre de ese sustituto (a mí me extraña, que siendo de Tarancón no sepa quien acudió, quizás esté protegiendo su identidad) y a un segundo veterinario que responde a las siglas de D.N.M (sospecho que se trata de D. Nicolás Martínez). No consta el segundo diagnóstico, pero el dueño, que ha contactado con D. Jesús le refiere que “le pusieron unos revulsivos en las paredes costales y le ordenaron, diera al animal quina y algo más que no sabe qué era”. El animal no mejora, de hecho, hace 30 días el animal empieza a presentar tos, y a orinar sangre, sobre todo después del trabajo, continua la fiebre y el enflaquecimiento. Es ahora cuando interviene D. Jesús, que encuentra al animal triste, abatido, encorvado, flaco, deslustrado, débil, con el pulso blando, mucosas pálidas y “en la extremidad izquierda una considerable ingurgitación en la parte inferior de la caña, menudillo y cuartilla” con todos estos datos, ya sospecha de un problema en el apartado urinario de modo que comienza su exploración, “sin alteraciones aparentes en los riñones, a la presión en las regiones dorsal, lumbar y sacra manifestaba el animal una sensibilidad normal así como también cuando se le comprimían los ijares. Previamente untada la mano con aceite común, la introdujimos en la vagina que estaba irritada en exceso, teniendo que retirarla para permitir la salida de una buena cantidad de orina sanguinolenta” introduce de nuevo la mano, y detecta hasta nueve cálculos en la vejiga, del tamaño de un huevo, adheridos a las paredes del órgano. Recomienda la solución quirúrgica, que el dueño inicialmente acepta pero que finalmente rechaza “en vista de la lástima que le daba los sufrimientos que se había de causar al animal”. No nos cuenta como termina el caso, pero es de suponer que el animal sería sacrificado.
Ya hablé de la relación del Conde de Retamoso con el mundo de la veterinaria, y cómo en 1905 fue nombrado presidente de honor del Colegio de Veterinarios de Madrid, y que cómo delegado regio del Pósito Real participó como ponente por ejemplo en un Congreso Nacional de Ganaderos celebrado en 1904. Las dos siguientes historias tienen que ver con este personaje y ambas están sacadas de la publicación La Industria pecuaria.
La primera de ellas aparece en el número 142 del 20/12/1905. Su antecedente es un trabajo titulado “¿Aborto epizoótico en las ovejas?” aparecido en el número 134, este trabajo servía como respuesta a la consulta que el Conde de Retamoso hacía a la Asociación General de Ganaderos del Reino. Consulta en la que se participaba de una serie de problemas observados en su propia ganadería de Tarancón, concretamente abortos en sus ovejas y precisaba de una confirmación o rectificación de sus conclusiones iniciales. A resultas de dicha respuesta el Sr Conde, desistió de hacer él mismo el estudio de la causa responsable de los abortos y dispuso que la Asociación designase y enviara a Tarancón un veterinario que se encargases de investigar la causa de los malos partos y dispusiera del tratamiento adecuado. Habida cuenta de quién hacía la solicitud se decidió enviar a, posiblemente el veterinario más destacado de la época, D. Dalmacio García Izcara, que según él mismo confiesa nunca había visto un caso de aborto infeccioso, “de todos modos salimos de Madrid llenos de entusiasmo porque veíamos que nuestra salida podría constituir la inauguración de una nueva era para el estudio de las enfermedades infecto-contagiosas de los ganados” y hacía la siguiente consideración “para estudiar con provecho las enfermedades que atacan a la ganadería española es necesario que marchasen de común acuerdo ganaderos y veterinarios, que se auxiliasen mutuamente, aquéllos proporcionando medios de estudio y éstos esforzándose en el cumplimiento de sus deberes poniendo a contribución de todos sus conocimientos adquiridos para la consecución del fin buscado”. D. Dalmacio, se lamenta que todavía existen en España una serie de enfermedades que afectan al ganado de las cuales no se sabe su etiología como por ejemplo “la basquilla, la zangarriana y la cuchareta” como se ve términos completamente carentes de sentido médico. Llegados a Tarancón, el investigador estuvo acompañado de un conocido, el veterinario local D. Nicolás Martínez. Nos cuenta, D. Dalmacio, que en la finca había 115 ovejas y que inmediatamente procede a interrogar a los pastores y al mayordomo que sólo confirmó que la causa de los abortos no era las comunes conocidas, entre ellas incluso los fenómenos meteorológicos. “Había que pensar en una causa específica, pero como nadie se había ocupado en buscarla y denunciarla en nuestro país, creímos que esa causa no existía en España y nos resistimos a creerla”. Los datos que recoge el investigador en su informe indican: todas las reses que habían abortado tenían muy sucia la cola y la lana del periné con abundante flujo loquial pudiendo ser cero-sanguinolento, sero-purulento y sero-mucoso; mucosa vaginal normal; vulva tumefacta, edematosa con el vientre caído, ubres hinchadas; correcta expulsión del feto entre el 4º y 5º mes de gestación, mortinatos y la salud de las madres después del aborto no se resentía.
Están de suerte los investigadores, porque detectan que hay una oveja que presenta todos los pródromos del aborto, pero no es capaz de expulsar el feto. De modo que D. Nicolás y D. Dalmacio proceden a explorarla y concluyen que padece una distocia, concretamente observan que hay dos fetos encajados en el canal del parto. Una vez que consiguen extraerlos, proceden a la toma de muestras para su análisis bacteriológico y examinan la placenta “color blanquecino sucio en la zona de los cotiledones, infiltrados de pus, maceradas. La cara de las vellosidades mostraba granos amarillentos de materia puriforme”. A la espera de los resultados laboratoriales, se establece un tratamiento preventivo consistente en: dieta, administración de agua nitrada, lavado de genitales externos con solución de sublimado 1/1000, inyecciones vaginales con dilución de creolina al 3% a las ovejas que han abortado, quemar o enterrar profundamente todos los residuos del aborto y desinfección del suelo impregnado con esos residuos. Los análisis laboratoriales se llevaron a cabo en el Instituto Alfonso XIII a partir de las muestras tomadas de las placentas fetales, empleando violeta genciana y un aumento de 1000 diámetros observaron “bacilos cortos y gruesos, y otros más finos parecidos a los de la tuberculosis y agrupados en montoncitos como los del chancro blando del hombre. En ellos se apreciaban además unos puntos más teñidos que otros dando el microbio un aspecto parecido a una cadena de 3 ó 4 cocos” señala que le recuerda a los bacilos de Bang [la enfermedad de Bang es la brucelosis, siendo Brucella abortus la responsable de abortos en el vacuno, y Brucella melitensis responsable de la enfermedad en ovinos] con el objeto de verificar que efectivamente estos agentes aislados tenían capacidad abortiva, proceden efectuar un sembrado, obtener colonias viables e inocularla en conejos verificando en todos los casos que se producía nacimiento de conejillos muertos.
Con esta conclusión definitiva, se suspende el tratamiento establecido, que obviamente no había tenido ninguna eficacia y se sustituye por la administración de inyecciones hipodérmicas al 2% de agua fénica. Los datos que proporcionó el Sr Conde tras este segundo tratamiento fueron los siguiente: Total abortos observados 48 (38 antes del tratamiento y 10 después del tratamiento) – total de partos normales 60 (13 antes del tratamiento y 47 después del tratamiento) y 7 hembras que no han parido.
La segunda historia, se refiere a la organización de un Concurso Especial de Ganado Lanar en Tarancón, que aparece por primera vez en La Industria Pecuaria del 10/01/1916, donde recoge que la Comisión Permanente de la Corporación (se refiere a la Asociación de Ganadero) ha aprobado que “se debe dar la necesaria cooperación al concurso de ganado que se celebrará en mayo en Tarancón, que ha sido propuesto por el vocal de dicha comisión, Sr. Conde de Retamoso”. La fecha que se propone es el 14 y 15 de mayo. En las semanas siguientes se publicará que se concede una ayuda de 500 pesetas para la celebración del Concurso (nº del 1/02/1916), que informará que “entre los ganaderos del partido de Tarancón existe un verdadero interés por presenciar este concurso al que se espera concurran lotes de ganado lanar de todos o la mayoría de los pueblos del partido” El 1/03/1916 se publica el Reglamento del Concurso, que confirma la fecha de celebración, 14 y 15 de mayo, se establece como plazo límite de inscripción el 30 de abril debiendo presentarse las correspondientes cédulas o bien a la Asociación de Ganaderos o al Ayuntamiento de Tarancón a la atención de D. Víctor Abad. No se olvidan los aspectos sanitarios del Concurso, según su artículo 6 “para concurrir con reses al concurso es condición precisa que estén en perfectas condiciones de salud. Se establecerá un servicio sanitario y se prohibirá la entrada en el local de animales enfermos” El jurado estará compuesto por un Presidente (designado por la Asociación General de Ganaderos del Reino) y ocho vocales, miembros de la diputación provincial, consejo provincial de Fomento, de la Asociación General de Ganaderos, del Ayuntamiento de Tarancón D. Víctor Abad, el inspector Provincial de Sanidad Pecuaria D.Félix F. Turégano y un ingeniero agrónomo de la provincia D. Tomás A. Lozano. A los premios establecidos se añader un premio especial otorgado por el Consejo Provincial de Fomento de Cuenca para el ganadero que presente la Memoria más completa donde recoja, el origen de la ganadería, condiciones de alimentación, condiciones de alojamiento, trabajos de selección o cruce, así como cuenta razonada de gastos e ingresos.
Se presentaron un total de 98 hembras y 24 machos. Siendo el resultado el siguiente:
| SECCIÓN | PREMIADO |
| Producción de carne | 1º Jorge Morillas, 100 pesetas
2º Miguel de la Ossa, 50 pesetas 3º Manuel Quintero, 25 pesetas Mención honorífica: Inés Gómez Diploma por su cooperación: Severiano Silva y Conde del Retamoso |
| Producción de lana | 1º Manuel Quintero, 100 pesetas
2º Eloy Domínguez, 50 pesetas (destacando la mejora introducida por el cruce con variedades Oxford) Diploma de honor a Conde Retamoso, Inés Gómez y Severiano Silva. |
| Producción de leche | 1º Eloy Domínguez, 100 pesetas
2º Manuel Quintero, 50 pesetas 3º Nicolás Martínez, 25 pesetas Mención honorífica, Inés Gómez Diploma de honor a Conde de Retamoso |
| Esquiladores, al mejor manejo de la máquina de esquilar | Vicente Díaz, 25 pesetas |
| Ordeñadores | 1º Julián Serrano, 25 pesetas.
2º Manuel Sáez, 15 pesetas. 3º Meliano García, 10 pesetas. 3º Ildefonso Cantarero, 10 pesetas. 3º Rufino García, 10 pesetas. |
| Premio especial | Desierto. |
En el número del 1/06/1916 se recoge esta reflexión sobre el concurso “sin precedentes y sin grandes recursos económicos organizó se, un concurso muy adecuado para el objeto perseguido y si la concurrencia no fue extraordinaria no se deberá a la falta de propaganda y de facilidades sino a esa apatía española y a la falta de fe y de cultura de cuanto puede redundar en beneficio de todos”. Así mismo, se destaca la figura de D. Félix F. Turégano, cuyos conocimientos y trabajos sobre la raza manchega fueron tenidos muy en cuenta a la hora otorgar los premios de la sección primera del concurso.
Creo que la revisión de todos estos documentos que son crónicas directas de cómo vivían y trabajan nuestros antepasados debe servir para, en mi opinión, poner en valor esa Veterinaria del mundo rural la que atendía a lo que entonces era la fuerza motriz de la gente que trabajaba en el campo (mulas, asnos, burros…) que se preocupaba por descubrir porqué enfermaban los animales que daban de comer a sus paisanos y que ya, aunque de manera balbuceante empiezan a intentar explicar la relación entre sanidad animal y humana. Esa relación con el mundo rural no se debe perder, se pone mucho énfasis en el clínico de las mascotas, hospitales clínicos fantásticos con equipamientos increíbles, pero hay que ponerse también las botas de agua y visitar cuadras y granjas…que no sale tanto en la tele, pero es de donde venimos. No lo he recogido aquí, pero son muy abundantes y curiosos los trabajos sobre higiene o inspección de carnes, otro campo en el que no podemos dejar de tener influencia, el veterinario debería ser el referente, pero dejamos que nos coman la tostada como suele decirse. Los problemas que denunciaban de intrusismo, falta de consideración profesional, falta de medios o de una adecuada preparación son todavía parte de nuestra realidad. Por último, reivindicar a D.Jesús Alcolea Fernández veterinario pionero y además de Tarancón.
