(Artículo de Alfonso Bermejo García)
Nos venían avisando que en la nueva normalidad algunas cosas cambiarían. Pues bien, desear dejar de seguir viviendo en grandes ciudades parece que será una de ellas. El importante impacto que el COVID ha tenido en los habitantes de las grandes ciudades, especialmente en Madrid, y las duras condiciones en las que se ha vivido el confinamiento, está llevando a muchos madrileños y madrileñas a plantearse dejar de vivir en la metrópolis. En este periodo de alarma sanitaria parece que gran número de habitantes de la capital del país, atraídos por la vida más templada y calmosa, están meditando trasladarse a lugares menos masificados, más manejables.
En este momento la incertidumbre acerca de cómo va a evolucionar la enfermedad producida por el coronavirus, unida al problema de cada vez más preocupante de la contaminación, empieza a pesar en una gran parte de la población de Madrid.
Efectivamente, vivir en un pueblo parece que comienza a ser apetecible para muchos habitantes de esta monumental ciudad. Superado el momento más crítico de contagio y graves efectos de la enfermedad, habitar en el campo, rodeado de naturaleza, atrae. En este momento muchos de los habitantes de Madrid miran con buenos ojos la vida que se lleva en los pueblos, que parece comienza a ser envidada.
El mensaje de quienes hace tiempo tomaron esta misma decisión también se está teniendo en cuenta por los que se lo están pensando. Tener una vivienda asequible y con más habitaciones, patio, garaje, trastero, despensa, terraza, jardín… parece que cautiva.
El estilo de vida es otro aspecto que también se valora. Poder ver la naturaleza desde la ventana, poder tocarla, aparcar el coche en la puerta de la casa, que los hijos e hijas puedan ir al colegio caminando y jugar en la calle sin peligro, y permitirnos mantener un contacto más cercano con la gente con la que diariamente nos cruzamos, son otros tantos aspectos que seducen a quienes se están planteando alejarse de la gran ciudad y cambiar de forma definitiva de lugar de residencia.
Otro importante elemento, propiciado por el coronavirus, que sin duda también pesa en la toma de este tipo de decisión es la mayor posibilidad que hoy en día hay de poder trabajar desde casa (teletrabajo). Muchas son las empresas que para sobrevivir a esta hecatombe han tenido que adecuar rápidamente sus métodos de trabajo a la presente situación.
En cuanto al reverso de la moneda, es decir, los inconvenientes que hasta ahora podía tener la vida en un pueblo, en muchos de ellos se están corrigiendo. A medida que con la intención de fijar su residencia llegan más habitantes, los ayuntamientos están esforzándose para que los nuevos vecinos se sientan cada vez más a gusto y puedan disponer de más y mejores servicios (conexión a internet, cobertura de telefonía móvil, servicio sanitario de atención primaria, instalaciones deportivas, centros de culturales…).
En cualquier caso, a la hora de tomar una decisión, la negativa experiencia que el COVID ha supuesto para los habitantes de Madrid está pesando más que las incomodidades que un pueblo pueda seguir teniendo.
Para quienes hemos tenido la fortuna de criarnos en un pueblo y llevamos bastante tiempo residiendo en Madrid, no nos extraña en absoluto que vivir en un pueblo vuelva a ponerse de moda y ser deseable.
Ante esta perspectiva, si se me permite la licencia, en mi modesta opinión puede que merezca la pena que los Consistorios de los pueblos de Castilla La Mancha próximos a Madrid, aprovechando este interés y predisposición favorable hacia el medio rural de muchos madrileños, ponderen la posibilidad de atraerlos al municipio. El momento es propicio y la oportunidad puede ser única e irrepetible.

