(Artículo de Alfonso Bermejo García )
En los días de confinamiento, cuando salir de casa es poco más que una imprudencia, cuando la angustia ha logrado adentrarse en el pecho y la frustración se ha impuesto a la confianza, parece que el apetito de alcohol está consiguiendo tumbar a la fuerza de voluntad y ganar el pulso a la abstinencia.
Antes que el virus nos alcanzara, el ocio estaba alejado del resto de quehaceres diarios que nos ocupaban. Al final de la jornada de trabajo o en los fines de semana se buscaba el contacto social en bares, cafeterías o tabernas, amenizando la tertulia con una jarra de cerveza o una copa de vino. En contraste durante los días de soledad a lo largo del confinamiento en las casas, la bodega nunca cierra y continuamente ofrece barra libre. Tanto es así que podemos tomar alcohol cuando nos apetezca (mientras trabajamos, vemos una película, leemos un libro, estamos conectamos a una videollamada, tomamos el sol en la terraza…etc.).
En este momento que absolutamente todo se estudia y analiza, el comportamiento de las personas ha pasado a ser foco de las miradas de multitud de estudiosos (sociólogos, psicólogos, nutricionistas, fisioterapeutas, biólogos…) de la conducta humana. De todo ello, un hecho que ha llamado especialmente la atención ha sido el aumento en la cesta de la compra de alcohol, lo que induce a pensar que durante la cuarentena el consumo de esta clase de bebidas en los hogares se ha acentuado de forma inusual. Porque es evidente que, a diferencia del papel higiénico, el alcohol no se compra para hacer acopio, sino para consumirlo con relativa inmediatez.
Los datos mostrados por el Ministerio de Agricultura, Pesca y alimentación referidos al incremento, respecto al mismo periodo en el 2019, de la venta de bebidas alcohólicas y excitantes (cerveza 86,5%, vino 73,4% y bebidas “espiritosas” 93,4%) que lo confirman, son preocupantes. Hasta tal punto inquieta el asunto que los y las nutricionistas, profesionales sanitarios, asociaciones de alcohólicos y Centros Terapéuticos y Desintoxicación, avisan de los riegos que para la salud puede conllevar esta tendencia en el proceder delas personas.
Los contenedores de recogida de vidrio y envases en las calles rebosando botellas y garrafas apuradas también dan buena cuenta de esta escalada en el consumo de alcohol en los hogares a la que me estoy refiriendo.
Curiosamente durante el aislamiento domiciliario algunas personas han confesado que beben más alcohol porque les ayuda a relajarse y a sentirse mejor. Claro está que esta no es la única razón por la que la demanda de bebidas alcohólicas ha crecido en la cesta de la compra. Es obvio que las motivaciones por las que en este momento una persona, como se suele decir, bebe más de la cuenta son varias.
Entonces, ¿Qué lleva a las personas a beber? El dictamen de los especialistas es concluyente. Además de una forma de pasar el rato o como reacción al aburrimiento, el excesivo consumo de alcohol suele estar inducido por la ansiedad, el estrés, la presión vital, la depresión,… y en general por los particulares estados anímicos que el extendido sentimiento de preocupación, miedo o frustración suele generar en las personas.
En las actuales extrañas circunstancias en las que el agobio nos ahoga, la tentación de recurrir a la bebida es a veces fuerte. Esto obedece a que cuando el nivel de alcohol en la sangre aumenta, da la impresión que el mundo se ralentiza, que los problemas se desvanecen y se tiene la artificial sensación que el cuerpo se abastece de una adulterada energía y transpira una especie de ilusoria euforia.
Pero sin lugar a dudas, lo más preocupante de la elevada ingesta de alcohol durante el periodo de confinamiento más estricto, es que para algunos asiduos consumidores, la costumbre de tomar diariamente altas dosis pueda mutar y convertirse en un perdurable estímulo vital que, aunque se quiera, no puede dejarse de desatender.
Se estima que aproximadamente un 20% de la población que regularmente en este tiempo de cuarentena está bebiendo más alcohol del usual transita entre el consumo ocasional y hacerlo de forma cada vez más persistente y continua. Es decir deambula entre el hábito y la adicción.
Habrá que esperar a tener datos para conocer si las conjeturas que se están presumiendo confirman o no tal predisposición. De momento es necesario que la reflexión personal se ponga en marcha para intentar conseguir desprendernos de estas prácticas que nos acaban condicionando, lastrando e incluso, a veces, favoreciendo que la vida se haga más cuesta arriba.

