(Artículo de Manuel Valencia Alonso)
Estamos hartos, por no decir otra cosa más gruesa, de los innumerables casos de corrupción, que se eternizan en los juzgados, dándole mil vueltas a los mismos asuntos, tomando declaraciones, una y otra vez, a los mismos actores y atendiendo los jueces centenares de recursos, separados por el tiempo como artimañas procesales de las partes, con el fin de dilatar el tiempo.
La frase atribuida a Séneca «Nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía» pone de manifiesto que una resolución judicial que se retrasa en el tiempo pierde su valor. Esta lentitud estructural, a decir de algunos expertos, vulnera el derecho a la tutela judicial efectiva en plazo razonable y aumenta el sufrimiento del encausado, sin contar con el hastío de la sociedad.
Como muestra un botón. El caso Pujol se inicia en el año 2014, después de reconocer él mismo, a lo largo de la instrucción, el presunto fraude que había cometido durante 34 años. ‒ ¿No les parece alucinante?‒. Pues todavía no hay sentencia firme. Han dado lugar a que este señor haya cumplido los 95 años y se encuentre, obviamente, mermado en sus capacidades cognitivas. ¿Y ahora qué? Se le exonera de participar en el juicio y ¡chipás!
Por desgracia, no es un caso aislado el de este señor; en estos días, están desfilando por los distintos tribunales centenares de personas implicadas en asuntos de corrupción, algunos de ellos ‒añejos‒, que pasan una y otra vez por los juzgados, sin que se llegue a una conclusión o sentencia definitiva. Prefiero omitir los casos, conocidos sobradamente por todo el mundo, por el bombardeo constante de los medios.
No me resigno a pensar que es un mal “endémico” en la justicia española. Cansados estamos de escuchar, por parte de los jueces y por supuesto de las distintas oposiciones, la falta de medios humanos, la falta de digitalización de los procesos, etc.
Señores, llevamos 48 años de democracia y siempre he escuchado lo mismo.
