(Artículo de Juan Peñalver Alcázar)
En los sucesivos números del Anuario de la industria, de la magistratura y del comercio comprendidos entre 1881 y 1903 (en los números de 1879 y 1880 el documento incluía la descripción Almanaque en su título) se señala como información relevante de Tarancón el hecho de que se celebrase Feria los días 11,12 y 13 de septiembre, añadiendo desde 1904 a 1911 la indicación de que la fiesta mayor de Tarancón se celebraba el día 8 de septiembre. Otro documento similar a este, denominado Anuario Riera: guía general de Cataluña añade a estas fechas de Feria la siguiente frase “y fiestas los tres días anteriores”. Es una información que también podemos encontrar en la prensa de la época: Guía de forasteros de Madrid (1852 y 1854) – Almanaque de El Mundo Militar (1861 y 1863) – Calendario de la Esperanza (1860, 1862 y 1864) – Almanaque cómico profético higiénico de El Cascabel (1865) – Almanaque de los chistes (1870) – Almanaque Literario Ilustrado (1873) y Almanaque festivo de Madrid (1876 y 1877).
Pero podemos encontrar referencia a esta Feria ya en 1793, en El Correo Mercantil de España y sus Indias donde, en su número del 27 de junio indica que “Tarancón, tiene la facultad de celebrar feria”. Aunque como se ve no indica fechas concretas.
Pero, aunque las menciones a las Fiestas son limitadas en estos documentos sí podemos encontrar referencias más exactas de esos días tan señalados y lo más interesante, y es lo que sirve de justificación a este escrito, es que dichas referencias van casi siempre acompañadas de referencias a la fiesta de los toros. En la mayoría de las ocasiones estas referencias son muy breves, apenas un par de frases como, por ejemplo:
- El Orden (10/09/1851): “Los toros de Tarancón se espera que sean buenos porque no se economizan gastos con motivo de la estancia en la villa de S.M la reina madre”
- El Conciliador (15/09/1859) y El Mundo Pintoresco (18/09/1859): “El día 9 por la mañana y tarde hubo de corrida de novillos”
- El Heraldo de Madrid (10/09/1896): “Ayer hubo función taurina en Tarancón, sin que tengamos hasta ahora la menor noticia del resultado de la corrida. Sí sabemos que por la mañana se escapó una de las reses, lo que entre otros percances rompió un brazo a un pastorcillo que en el campo cuidaba de un rebaño”
- La Lealtad (9/09/1898): “Mañana y pasado, capea de toros de los cuales hay cuatro de muerte que serán estoqueadas por aficionados de Madrid. La plaza ya está cerrada y se esperan muchos forasteros”
- El Diario Español (7/09/1899): “Se preparan también corridas de toros en las que se lidiaran bravas reses por toreros ventajosamente conocidos en el arte tauromáquico”
Es destacar el párrafo de El Orden porque en él nos señala, brevemente, que en Tarancón durante sus fiestas se contaba con la presencia de la reina María Cristina. Y esta presencia es la que justifica que podamos contar con dos crónicas mucho más amplias de cómo se vivían dichas corridas de toros. Como se sabe, a los pocos meses de la muerte del rey Fernando VII, en concreto tres meses después (28/12/1833), la Reina gobernadora María Cristina de Borbón Dos Sicilias contrajo matrimonio morganático y en secreto con el capitán de la Guardia de Corps Agustín Fernando Muñoz y Sánchez.
Antes de detallar esas dos crónicas, conviene reseñar que a diferencia de lo que ocurre hoy día, en la España del siglo XIX no existía un único Reglamento que regulase los festejos taurinos, sino que cada plaza tenía el suyo así por ejemplo tenemos Cádiz (1848), Pamplona (1850), Madrid (1852), Barcelona (1857) y Sevilla (1898) entre otros. De modo, que no sabemos cómo se organizaban normativamente los festejos celebrados en Tarancón. Por otra parte, en estas crónicas queda descrito que estos festejos taurinos se celebraban en la actual plaza de la Constitución y veremos cómo; pero no siempre hubo de ser así, porque en el Catastro de la Ensenada realizado entre 1749 y 1753 a instancias del Marques de la Ensenada, a la sazón Secretario de Hacienda con el rey Fernando VI, cuando se recoge la nomenclatura de las calles de Tarancón en 1752 se menciona por un lado la calle del Coso que iba desde la plaza del Coso hacia la ermita de Santa de Ana, siendo la plaza del Coso la actual plaza del Caño.
La primera crónica la encontramos en el número 747 del 13/09/1850 en la publicación La España. Y dice así:
“El día 8 fue la función religiosa de la Virgen de Riánsares patrona de este pueblo, y esa función había de acabar por precisión, como acaban en España las mayores funciones del lugar, a saber, con novillos o toros. Los tendidos se habían preparado en la plaza como de ordinario, contando con todo Tarancón y sus cercanías” apenas han pasado 100 años desde el mencionado Catastro, y ya se dice que lo normal, lo “ordinario” es montar la plaza de toros en la actual plaza de la Constitución, punto que podemos confirmar porque más adelante leemos “asistieron al balcón de las Casas Consistoriales, el señor duque de Riánsares, el de San Carlos, señor gobernador de la provincia, señor coronal Cervino comandante de esta guarnición, señor alcalde-corregidor y todo el ayuntamiento con otras varias personas de distinción”
La asistencia de público tuvo que ser muy destacable porque el autor lo señala en repetidas veces, y lo justifica no sólo por el propio festejo sino también por la presencia de la Reina, dice a propósito de esto “había hecho que se tuviesen por cercanos lugares que distan 6, 8 y 10 leguas de esta villa” y anuncia, luego lo describirá más detalladamente con un punto de humor, “esta circunstancia produjo un riesgo que después y por fortuna sólo sirvió para aumentar la diversión”. La Reina está en el pueblo, pero no asiste a la corrida y esto se explica porque “observa rigurosamente el luto por el rey Luis Felipe”. Se trata del rey Luis Felipe I de Francia, que había muerto el 26 de agosto de 1850 y que era tío político de la reina María Cristina ya que la mujer de este Rey era hermana del padre de la reina María Cristina.
Continúa: “La función era corrida entera. En España, en los famosos tiempos de Costillares, se dedicaba un día entero a los toros, y aún hoy mismo que se aprovecha más el tiempo se respeta la tradición y el cartel de Madrid sólo anuncia y llama a las de la tarde medias corridas. A los lugareños hay que dárselo entero porque les sucede con los toros lo que con la comida: mejor o peor lo que quieren es abundancia. Se había dispuesto correr toros y novillos por la mañana de diez a doce y por la tarde lidiar algunos de muerte desde las cuatro en adelante. Al amanecer estaban ya una buena parte de las localidades ocupadas, y no parece, sino que muchos habían venido a apearse al tendido”.
En este último párrafo hay algunos detalles interesantes que merecen la pena comentar brevemente. Por un lado ¿quién es Costillares? Pues el apodo con el que se conocía a un famosísimo torero sevillano de nombre Joaquín Rodríguez (1743 – 1800) y que debe su fama sobre todo porque introdujo una serie de novedades en la lidia que en su día revolucionaron el festejo de los toros, por ejemplo: perfeccionó el lance de verónica, estableció los tercios de la lidia (varas, banderillas y muerte), también modificó la indumentaria del torero introduciendo la chaquetilla bordada, el calzón de seda y la faja de colores, pero sobre todo fue el inventor de la estocada a volapié, es decir es el torero el que va a encontrarse con el toro para darle muerte. La costumbre entonces era que el torero esperara al toro, lo cual era muy complicado cuando el toro ya no acudía al quite. También es importante su labor en lo que a la organización de las cuadrillas se refiere haciendo que el matadero fuera el verdadero protagonista de lidia. En su época logró triunfar en la Real Maestranza de Sevilla y en Madrid donde “competía” con figuras como Pedro Romero. Con respecto a la duración de las corridas de toros, conviene destacar que al contrario de lo que sucede actualmente, es decir, corridas de toros generalmente por la tarde y con un total de 6 astados por festejo como norma general, en el siglo XVIII por ejemplo había sesiones de mañana y de tarde, corrida entera, con hasta 25 toros; a partir de 1814 en ciudades como Madrid y Sevilla el festejo pasó a celebrarse sólo por la tarde, media corrida. Aquí por lo que indica el redactor el público no estaba dispuesto a perder la oportunidad de una jornada completa de toros.
Seguimos: “El aspecto de la plaza era singularísimo. Como cuando nieva se hace notar toda parte saliente porque allí se detiene más o menos nieve, ayer en aquel diluvio (ojo, con la metáfora) de gente donde podía caber y sostenerse una persona allí la había. Quiere decir que donde no podía haber un hombre se ponía un chico de diez años y sino otro de seis. Había gente en los tejados con gran quebranto de los caseros y de las tejas. Había innumerable gentío en los balcones. Había gente en las rejas, sentada en la parte alta y saliente, festonándola por los lados, colgada de la parte inferior de los hierros y dejando escasamente al acometido inquilino un corto espacio por donde asomarse en uso de su derecho. Aun sino me engaño varilla de balcón había que parecía una caña de calandrina. De los tendidos no se habla. Quién los construyó contaba sólo con Tarancón y sus habituales cercanías y para eso bastaba su buena y acostumbrada construcción a la ligeras con escasos clavos y no escasa tomiza pero no contó con que habían de sostener o no sostener a media Mancha. La barrera era de palos gruesos sujetos del mismo modo contra los cuales se aplastaban miles de hombres apretados por los de detrás. Muchos creyendo desperdiciado el sitio que ocupaban los pies de los de la primera fila y sin tener otro en que ponerse se habían metido culebreando hasta asomarse a la plaza y veían la función boca abajo, para ellos la corrida pasaba en alto y se exponían, de hundirse las maderas de la barrera, a una horrible guillotina por presión. En suma, allí la gente no estaba acomodada, sino embalada, y en esto se habían resuelto problemas que no se resuelven por la mayor especialidad parisiense del género como, por ejemplo: dado un carro de violín colocar en él cien personas de modo que todas miren a un mismo lado. Nos hallamos pues con que la curiosidad manchega es el mejor acomodador que se conoce.
La descripción hasta el momento es tremenda, si bien es cierto que la fisonomía de la Plaza de la Constitución ha cambiado, en aquel entonces no había una fuente en el centro de la misma, y el Ayuntamiento ni siquiera era el anterior al que conocemos podemos imaginarnos el aspecto de toda esa muchedumbre. Cuando habla de la “especialidad parisiense” imagino, que hará referencia a las famosas ouvreuses o acomodadoras de los teatros, un ejemplo de ellas lo tenemos en la novela El Fantasma de la Ópera. Define como “acostumbrada construcción” al hablar de los tendidos y la barra, lo que hace suponer que habría alguien encargado de ello, pero no podemos saberlo ¿a cargo del consistorio? ¿a cargo de un particular?
Continua: “Prolijos parecerán estos pormenores, pero son necesarios para lo que después diremos. El golpe de vista era en extremo pintoresco. En los tendidos había miles de lugareños luciendo sus blanquísimas camisas y miles de lugareñas con sus colores fuertes que tanto les gustan en vestidos y pañuelos. En los balcones estaba la aristocracia de la comarca. Allí había bellezas ignoradas que alabaría el periodismo nacidas en la corte y brillando en ella, y obscurecidas en su pueblo, sólo admiradas de algún primo suyo, algún ricacho de las cercanías o algún promotor soltero del partido y que tienen su más ancha esfera de lucimiento en las breves horas de unos novillos del lugar o de una romería de una hermita. Muchas de ellas eran de la Mancha. De una disputaban allí si era de Aranjuez, de Villatobas o del Toboso, pero si tal como ésta hubiera imaginado don Quijote a su Dulcinea, disculpa tendría ya sus memorables locuras.
Esa era la plaza y esa la concurrencia, pero en la función ¿qué sucedió? En la función sucedió muy poco. Donde sucedió muy mucho fue en los tendidos. La función empezó como empiezan todas estas: por el despeje. Ni bastaba la autoridad civil, ni la militar. No había remedio.
El despeje, o despejo, según la RAE es el acto por el cual se retira la gente del ruedo antes de empezar la lidia. Actualmente es ese momento en el que los alguacilillos recorren la arena para comprobar que nadie sin autorización está en el ruedo. Esto que ahora tiene mucho más de ritual que de práctico, en el siglo XIX cuando muchas plazas eran “públicas” en el sentido que estamos viendo en esta crónica, es decir, es la plaza del pueblo acondicionada como plaza de toros, era absolutamente necesario. En la obra titulada Tauromaquia completa o el arte de torear en la plaza, publicada en Madrid en 1836 y escrita por el torero Francisco Montes “Paquiro” dice: “Hecho el despejo de la plaza, y despues de ocupar cada uno de los espectadores su asiento, y colocarse entre barreras los empleados y soldados que deben estar abajo para cuidar que nadie se eche á la plaza, y que no esten embarazados los portillos de las contra-barreras donde han de guarecerse los toreros, harán estos el correspondiente saludo á las autoridades..” De lo que se desprende de esta crónica, es que tuvo que ser algo caótico y que la gente no atendía a dichas autoridades…y añade como bastante ironía “Algo tenía de humillante, pero en poco estuvo que ambas autoridades tuviesen que pedir auxilio al toro”
Proseguimos: “El ganado fue mediano. Los toreros medianos también. No hubo suerte notable, sin embargo (y ahora vuelve la ironía) no he visto corrida de más fuertes emociones. En esta no tenían parte los toreros. Los toros y los tendidos dieron lugar a ellos. Los tendidos flaqueaban bajo el enorme peso del respetable público. Y como si fuese poco, los toros acometen con preferencia a todo, a la barrera humana y a los débiles tendidos. Primero vino el turno de los hundimientos. Por la mañana se hundió un tendido, por la tarde dos y un carro. En aquella confusión indecible y en el inesplicable revolcón de tanta gente era de ver levantarse a una madre afligida con un chacó de Baza encasquetado y a su lado un soldado de caballería con un niño de pecho en los brazos”
Era de prever. De hecho, debía ser algo común en este tipo de festejos, ya que en esa misma obra que he indicado aparecen una serie de recomendaciones para la construcción de las plazas de toros y para la ubicación del público: “En cuanto á la disposicion interior de la plaza solo tengo que decir, que sería sumamente bueno para el público que todos los asientos se numerasen, y cada cual se colocara en el que trajera anotado su billete; de este modo se evitaria la estraordinaria concurrencia que se advierte en algunos puntos de la plaza, mientras que otros estan enteramente vacíos, y ademas las rencillas é incomodidades que la multitud y estrechez traen consigo: tambien esta medida precaveria en mucha parte los hundimientos y alborotos que la demasiada gente en un determinado sitio ocasiona con bastante frecuencia”. Con respecto al episodio de la madre y el soldado…el chacó es un sombrero, alto, cilíndrico y rígido lo hemos visto por ejemplo en los uniformes de época de los soldados franceses. La presencia de unidades militares en Tarancón durante las fiestas no era algo extraordinario, no hay que olvidar que la reina María Cristina necesitaba de una escolta y en ocasiones los bailes se amenizaban con orquestas de unidades militares. Y esta unidad de Baza, no sería la primera vez que acudía a Tarancón, de hecho, el 5 de octubre de 1850, se publica en El Áncora de Barcelona una nota fechada en Tarancón el 29 de septiembre que dice: “S. M. la reina madre debía asistir á la gran salve que en la ermita se iba a cantar en honor de la Virgen: dos músicas, la de Baza, y la del pueblo…”
Continua: “Pero donde una desgracia hacia un hueco, venía una oleada de gente que improvisaba con los maderos rotos nuevos andamios y nuevas construcciones para ofrecerse denodadamente al mismo peligro. Después tocó el turno de las acometidas. El primer toro de muerte no se picó de que le picasen, pero se picó de tal manera de las banderillas que cargado de ellas y enfurecido acometió a la barrera, la rompió y salió al campo y al camino de Madrid, no sé si a tiempo de que pasara por él algún lord inglés, aburrido de spleen (en el original aparece este término en inglés que puede traducirse como rencor o mal humo) que tendrá con esta algo nuevo que apuntar en sus impresiones de viaje. Dicha está cómo la gente correría. Algunos se ponían a correr por el tendido echando los codos hacia atrás como si tuvieran delante libre y espedito el camino real de Valencia”
El Camino Real de Valencia, es la actual Avenida Juan Carlos I y el Camino de Madrid que entiendo se refiere al que actualmente va por la Hontanilla hasta Belinchón; con respecto a la mención a un lord inglés viajero, quizás haga referencia al viajero Richard Ford que entre 1830 – 1834 aprovechando su estancia en España realizó distintos viajes por España, fruto de los cuales publicó años después en 1844 su obra Manual para viajeros por España y lectores en casa. Aunque no es el único, también están George Borrow, Henry David Inglis, sir John Carr, William Jacob, Rochfort Scott y la marquesa de Londonderry algunos de los cuales incluso dedicaron comentarios específicos a la fiesta de los toros.
Sigue así: “El último toro ya hizo más que esto. Salamanquino de buena ley saltó la barrera con una limpieza que podría envidiarse en el hipódromo y se encajó en el tendido y en lo más apiñado de la gente. Allí supe yo lo que no es fácil comprender, y es que la mejor máquina para producir el vacío es un toro. Por donde quiera que va cura como una mano de santo las apreturas. Tanto es así que a pesar de todo no aplastó a nadie y hoy es fama del lugar que por todo daño llevaba la galleta de un centinela en la hendidura de la pezuña. ¿Tenía yo razón en decir que ha sido función de emociones fuertes? Al oírla contar se tienen, pero no hay que alarmarse. Gracias a Dios, con todos los peligros combinados de los toros y de los terremotos aún puede contarse festivamente. Era tarde de que todas las probabilidades humanas saliesen fallidas y en efecto, contra hundimientos, una escapada de un toro y un brinco de otro sobre la gente, sólo ha producido dos heridillas insignificantes, muchas lágrimas de miedo y una abundante cosecha de pisotones.
La fiesta como ustedes ven ha sido singularísima. En otras, el mayor peligro está en el circo: aquí todos los peligros estaban detrás de la barrera y uno que sólo mirase a su seguridad en rigor debía haber salido a picar a poner banderillas ¿Y lo tomaran ustedes a chanza? Pues sepan que tal seguridad había dentro de la plaza que después de picarse tres toros no murió un caballo.
Esta mención al hecho de que no murió ningún caballo es importante, hoy día estamos acostumbrados a ver cómo los caballos de los picadores portan una importante protección, que protege al animal de los pitones del toro…pero no siempre fue así, de hecho, es relativamente reciente el uso de protecciones, considerando la antigüedad de la fiesta de los toros. Aunque hubo un primer intento en 1877 a iniciativa de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Jerez de la Frontera el primer modelo de peto para los caballos se presentó en 1917 y fue diseñado por el torero Enrique Vargas “Minuto” sin demasiado éxito en las dos pruebas que se hicieron. La idea se retoma en 1926 a instancias del general y por entonces jefe del Directorio Militar, Miguel Primo de Rivera que a través de una Real Orden designaba una Comisión que englobaba a todos los estamentos interesados, incluyendo un representante de la Asociación Protectora de Animales, para “que estudie y proponga la forma de reducir el riesgo a que son sometidos los caballos en las corridas de toros” de los trabajos de esta Comisión surge la idea de convocar un concurso al efecto cuyas propuestas sería evaluadas a lo largo de 1927, pruebas que se mantuvieron hasta el inicio de la temporada de 1929, siendo seleccionados los petos diseñados por Esteban Arteaga, la viuda de Bertoli y Manuel Nieto Bravo. En medio de estas pruebas se publica la Real Orden de 7/02/1928 que dispone: “A contar desde el día 8 de abril y con carácter provisional y hasta el año 1929 serán obligatorios el uso de los petos defensivos de los caballos en las plazas consideradas de primera categoría” (Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia, San Sebastian, Bilbao y Zaragoza). A partir del 13 de junio se hizo extensivo y obligatorio a todas las plazas de España.
Para terminar: “En suma, si bien se mira, se acaba de inventar aquí sin procurarlo una nueva especie de corrida de toros, que es la corrida verdaderamente dicha, esto es la corrida en que todos corren menos los de los balcones. Por fortuna, nada lamentablemente hay que contar, sin que tampoco sea verdad lo que aseguran los que dicen que no ha sucedido nada pues ha sucedido al fin una cosa extraordinaria, que parecía imposible y es que no haya sucedido nada con tanto como ha sucedido”
La segunda crónica la encontramos en el número del 17/09/1851 en la publicación La Nación, crónica que por cierto hubo de ser rectificada en su número del 18/09/1851. Y dice así: “Concurridísimas han estado las ferias de esta villa, habiendo contribuido poderosamente a la general animación y progresivo movimiento que se observa todos los días la presencia de varios ilustres personajes de esta corte y con especialidad la de S.M la Reina Madre y la del Excmo. Señor duque de Riánsares. Pero entre las fiestas con que Tarancón ha obsequiado a sus favorecedores la que aquí como en todos los demás pueblos de España ha realzado más la pública alegría, ha sido sin disputa la magnífica corrida de toros que tuvo lugar en el día de ayer (nota: se refiere al día 14 de septiembre) y bien merece que le dediquemos, aunque profanos estas cortas líneas. En general tuvimos lo que se llama una buena corrida, pues tanto el ganado como la cuadrilla satisficieron completamente nuestros deseos. Y no podía ser de otra manera tratándose de las acreditadas ganaderías de Gaviria y de la antiquísima cuando renombrada de Guendulain que fueron los que se presentaron en el redondel. Los dos vichos con que abrió el palenque la primera, buenos mozos como los de su casta, y duros al hierro como los de su sangre, cumplieron con su deber, dando sendos batacazos a la gente de a caballo y teniendo en buen cuidado a la de a pie. La de Gendulain que pertenece hoy día al excelentísimo señor don Nazario Carriquiry nos regaló cuatro toretes que sea dicho de paso se escedieron a sí mismos.
Varios nombres que merecen atención. Por un lado, la ganadería de Gaviria que en opinión de la prensa del momento era la mejor de la época estableciéndose una dura competencia entre dicha ganadería y la del duque de Veragua y la de Lesaca. De hecho, el público, como ocurre casi siempre, se alineó en dos bandos. Los llamados patateros que eran partidarios de los animales de Gaviria y los gazpacheros que eran los partidarios de Veragua y de Lesaca. Por otro, la de Guendulain que recibe el nombre de Don Francisco Javier Guendulain Pétriz que en 1774 compra la ganadería a Don Antonio de Lecumberri y Virto, y que adquirió mucho prestigio e influencia durante el siglo XIX. Pero sobre todo me voy a detener en Nazario Carriquiry. Se trata de uno de los miembros de la camarilla del duque de Riánsares, nacido en Pamplona en 1805 fue político, banquero, ganadero e industrial. En su vertiente de ganadero fundó en 1850 con toros de casta navarra su propia ganadería comprando los toros de Guendulain a uno de sus sucesores, y es curioso que estos toros ya propiedad de Carriquiry se lidiaron antes en Tarancón (1851) que en las fiestas de los sanfermines (1852). Este hombre en 1830 creo junto a su padre una sociedad mercantil que les permitió disponer de una enorme fortuna. Negocios y política fueron de la mano, en 1834 lo encontramos en el ayuntamiento de Pamplona, y en 1836, gracias a su apoyo al bando isabelino durante las guerras carlitas, se convierten en proveedor del Ejército, recibiendo en 1837 la concesión del aprovisionamiento de víveres del Ejército en Pamplona, Tafalla y Tudela. Fue diputado del Congreso por Navarra, senador y en 1846 nombrado gentil hombre de Cámara, así como caballero de la orden de Isabel la Católica.
Para conocer mejor su relación con el duque de Riánsares, conviene recordar algunos datos relacionados con el matrimonio Muñoz Borbón. Antes del exilio definitivo de 1868, sufrieron otros dos: el primero, 1840 – 1844, debido al pronunciamiento de Espartero lo cual frenó el desarrollo de sus negocios en España y la percepción de la pensión de la Regente pero fue una oportunidad para iniciar una serie de importantes inversiones inmobiliarias y financieras en Francia con ayuda de un capital privado ya muy considerable; y un segundo exilio, 1854 – 1856, con motivo de la Vicalvarada pudiendo destacar que en julio de 1854 el palacio de las Rejas en Madrid donde residía el matrimonio fue pasto de las llamas por una multitud que los culpaba de los males del país, a resultas de estos sucesos Francia se convertiría en su lugar de residencia habitual. Es en ese primer exilio cuando la figura de Carriquiry comienza a aparecer como testaferro de la familia Muñoz Borbón. En 1841, se planea desde el exilio francés un golpe contra el general Espartero. El plan era que destacados militares moderados se encargaran de tomar diversas provincias para reinstaurar la regencia de María Cristina. Los implicados que se localizaban en Madrid fueron, luego vinculados con Fernando Muñoz: Javier Istúriz, Diego de León, Manuel de la Concha, Juan Palezuela, José (que se casaría posteriormente con una hermana del duque de Riánsares) y Dámaso Fulgosio. Tras atacar el palacio real, el levantamiento fracasó y algunos de los conspiradores fueron fusilados como Diego de León y Dámaso Fulgosio. Nazario Carriquiry hubo de exiliarse a Francia, ya que había participado como financiador de los conspiradores y es en este momento donde se inicia el trato y la amistad con Fernando Muñoz.
Cuando en 1844 el matrimonio vuelve a España, los negocios del duque de Riánsares aumentan destacando entre sus socios: Gaviria, Jaime Ceriola, José Salamanca, José Buchental, el propio Nazario Carriquiry y Gaspar de Remisa todos ellos estableciendo una red que abarcaba los ferrocarriles, obras públicas y préstamos a terceros. Llegando al punto de incluso establecer lazos familiares entre ellos, por ejemplo, Gaspar Remisa casó a su hija con Jesús Muñoz (hermano del duque) y Jaime Ceriola era consuegro de Carriquiry.
Como financiero, Carriquiry fue fundador del Banco de Isabel II. En el ámbito de los ferrocarriles participó junto con José Salamanca y Joaquín Fagoaga en el proyecto de la línea Madrid – Aranjuez, y junto con el duque de Riánsares y Bertrán de Lis en la construcción de una línea férrea desde Langreo a Gijón, lo cual beneficiaba al duque en cuanto que le permitía rentabilizar sus pozos y minas colindantes.
En la misma época en la que se está celebrando la corrida de toros en Tarancón, 1851, Carriquiry consigue la concesión de las obras del puerto de Valencia gracias precisamente al apoyo político del duque de Riánsares y la propia Reina madre, en detrimento de otros grupos de la ciudad, siendo objeto de escándalo ya que el contratista impuso unas condiciones excepcionalmente favorables para él. Pero claro, favor por favor. Porque en 1846, Carriquiry aportó hasta 40000 pesos fuertes (o real de a ocho) para sufragar el proyecto, ¡ojo!, por el cual se pretendió colocar a uno de los hijos del matrimonio, Agustín Muñoz y Borbón, como rey de Ecuador.
Sigue la crónica: “Pequeños como todos los navarros y de corta edad según nos pareció, dieron no obstante más juego del que de ellos podía esperarse y tanto como podía exigir el público menos indulgente. Duros, bravos, secos y codiciosos no dejaban un momento en reposo a los picadores, sin que volviesen una sola vez la cara, antes al contrario, obedeciendo al engaño cuantas veces se les citaba, fueron a la muerte con la misma impavidez con que recibieron los primeros puyazos. El número de caballos que entre todos despacharon, si no nos es infiel la memoria llegó a catorce y hubieran sido más si los toros hubiesen tenido más poder (recordemos que los caballos iban sin protección, y ahora imaginemos a catorce caballos destripados en la arena). Sin ánimo de estendernos más, no podemos sin embargo prescindir de aconsejar al señor Carriquiry que, si desea competir con las ganaderías de más fama y competir probablemente con ventaja, procure que sus toros se hagan de más libras y que no se lidien al menos, sino cuando tengan de cinco a seis años. Muévenos a darle este consejo el deseo que tenemos de que no degenere esta diversión tan característica de nuestro país pues con su lástima que por un descuido tal vez ageno del propietario, no lleguen los toros de Gendulain a ocupar el puesto a que por su pura sangre están destinados”
Hasta aquí la descripción de cómo se desarrollaban las corridas de toros en Tarancón, pero ¿quiénes eran los toreros que participaban en las mismas? En los siguientes recortes de prensa, no muy numerosos la verdad, vemos algunos nombres:
- Boletín de loterías y de toros nº1489 de 8/09/1879: “El Oruga, va a matar a Tarancón los días 9 y 10, tres toros cada tarde”
- Suplemento al boletín de loterías y de toros nº1541 (12/09/1880): “El jueves y el viernes se han elaborado novilladas en Tarancón estoqueando dos todos cada tarde el joven diestro Santos López, Pulguita. El ganado fue malo”
- El Enano nº156 (19/03/1895): Recoge una biografía de José Gordón “Gordito” indicando que, en 1888 toreo en varias localidades, entre ellas en Tarancón.
- Suplemento a El Enano (25/08/1898): “El valiente matador de novillos Valentín Conde tiene ajustadas dos corridas en Villa del Prado, dos en Tarancón y una en Villatobas”
- El Heraldo de Madrid (23/08/1899): “Valentín Conde tiene escrituradas las siguientes corridas (…) septiembre, día 9 en Tarancón”
Del primero de ellos, “El Oruga” sólo he podido rescatar su nombre, Francisco Parrondo; de Valentín Conde las páginas especializadas nos dicen que nació en 1871, y era natural de Zamora, debutante en Madrid el 25/03/1895 y muriendo en 1899 en Villa del Prado tras una gravísima cogida que le seccionó la yugular. Con respecto a su muerte, si atendemos a lo que indicaba el periódico, el día 9 debería estar en Tarancón y el día 10 en Villa del Prado…no se puede saber qué motivó el cambio de fechas ya que pensar que en esa época se intentara simultanear dos corridas en una misma jornada no parece lógico (hay casi 145 kilómetros entre ambas localidades) pero sea como fuere el destino le jugó una mala pasada. De José Gordón Pino, “Gordito” la propia biografía del periódico indica que nació en Córdoba de familia acomodada el 17/10/1868 y que pronto comenzó a participar en becerradas donde parece ser, que su buen hacer y los elogios que recibía contribuyeron a ir aumentando su afición por el mundo de los toros hasta el punto que el 24/10/1884 participó por primera vez en una novillada en Córdoba, posteriormente ya en 1888 (concretamente el 30 de agosto) participó en un concurso en Linares del que resultó ganador, con un premio de 250 pesetas, por su buen hacer de donde se siguieron toda una serie de actuaciones en diversas plazas, entre ellas la de Tarancón. En septiembre de 1889 consigue ser contratado por la plaza de toros de Linares y dos años después, en julio de 1891 debuta en Madrid a donde volvió en 1892. De él dice el periódico: “Gordón, por lo que de él hemos podido apreciar es torero serio, que sin proscribir los adornos, cuida más de lo concienzudo de su trabajo que de esos floreos que a veces sólo sirven para ocultar deficiencias ó defectos. Parado torea de muleta y de capote y entra á matar al volapié con rectitud y fe, y es de los que por lo menos aspiran a consumar la difícil y casi olvidada suerte de recibir”
FUENTES:
Cantizano Márquez, Blasina., “Viajeros británicos del siglo XIX ante la fiesta nacional”, Universidad de Almeria, Odisea nº 1, 2001 pp. 73 – 79
López Morell, Miguel Ángel., “La estrategia de la corrupción. El patrimonio y los negocios de la reina María Cristina y Fernando Muñoz”, Ayer 129/2023 (1): 137-162
Martínez García, C. B., “Política y corrupción en la época isabelina. El ascenso del “clan de Tarancón”. Librosdelacorte 22 (2021), pp. 95-146.
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