(Artículo de Alfonso Bermejo García )
Afortunadamente, de momento, a mi entorno familiar y de amistades no ha alcanzado con severidad la contagiosa enfermedad transmitida por el COVID. Pero no hay que cantar victoria, ni relajarse pues el camino que queda por delante es largo y pantanoso. El peligroso virus está al acecho para aprovechar un descuido.
Hay que tener presente que mientras estamos ocupados en contener la enfermedad y escapar de esta grave crisis sanitaria, la crisis económica, cuyos malignos efectos algunas personas ya han comenzado a sentir, esta al acecho. Es una crisis tan profunda y globalizada que afecta sin distinción a todo tipo de negocios y actividades profesionales. Sin embargo no hay que perder de vista lo importante: las personas que estamos en medio de este turbulento revés.
Una vez que la enfermedad esté razonablemente controlada y la salud suficientemente resguardada, es necesario ponerse manos a la obra para intentar contener la otra calamidad que se nos viene encima, la perdida de bienestar y la pobreza. Si hasta ahora el desafío ha sido proteger y salvar vidas, el siguiente reto es preservarlas en condiciones dignas.
No hace falta que nadie nos lo diga. A estas alturas todos sabemos que la realidad que tenemos por delante es muy difícil y complicada. Como ocurrió en la crisis del 2008, el desigual impacto que la actual ralentización de la actividad productiva a nivel nacional en España tiene, varía dependiendo del poder adquisitivo, la posición social, el barrio, el pueblo, la ciudad, región o comunidad autónoma en la que se viva. La historia se repite. La desgracia se ceba con los más indefensos.
En Madrid, sin ir más lejos, el cierre temporal de negocios y la interrupción estacional del trabajo, está enfilando a muchas personas a la penuria. Gran número de ellas se han quedado sin trabajo. Otras están a la espera de la vuelta a la nueva normalidad para saber si mantendrán su empleo. Cada día hay más gente que no puede pagar las facturas de luz, agua, gas, o el alquiler de la vivienda y que come gracias a la solidaridad de asociaciones vecinales y organizaciones humanitarias.
En ocasiones, a través de las historias personales y de familias en extrema necesidad que publican los periódicos o proyectan las televisiones, ponemos caras y nombres a quienes está golpeando con mayor dureza la desgracia. Algunas de estas dramáticas historias encajan perfectamente en la categoría de alerta humanitaria. En este momento en España hay demasiadas familias para quien tener un plato en la mesa todos los días es un lujo.
Aunque por lo general muchos solemos conjeturar sobre el daño y las secuelas de éste vasto problema, sólo quienes lo viven saben realmente del intenso sufrimiento que provoca.
Necesitamos mucha fuerza y gran dosis de solidaridad para superar este crítico momento. Los Sanitarios, Investigadores, Cuerpos de seguridad del Estado, Bomberos, Fuerzas Armadas, Protección Civil, Trabajadores autónomos, Empresarios y cientos de voluntarios siguen trabajando en beneficio de todos para conseguir atenuar los efectos de la grave enfermedad que ha traído la pandemia y ayudando a miles de personas a continuar con su apreciada vida.
De aquí en adelante, a semejanza de estos extraordinarios profesionales y excepcionales personas, el resto de la ciudadanía debemos arrimar el hombro y empujar con todas nuestras fuerzas para ayudar a que a nadie pierda la esperanza y llegue a sentirse abandonado a su suerte.
Personalmente, estoy convencido que, como invoca el mensaje que hemos convenido, unidos lo vamos a conseguir.

