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Fernando Redondo convierte su Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario en un homenaje a quienes siguen creyendo en la persona detrás de los muros

Fernando Redondo convierte su Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario en un homenaje a quienes siguen creyendo en la persona detrás de los muros

El voluntario de la Pastoral Penitenciaria de la Archidiócesis de Toledo comparte el reconocimiento con toda la familia penitenciaria y reivindica una presencia cristiana capaz de mirar a la persona antes que a su condena

OCAÑA, 24 de septiembre de 2026.-

Hay reconocimientos que distinguen una trayectoria y otros que, por su propia naturaleza, obligan a mirar más allá de quien los recibe. Fernando Redondo Benito ha recibido este jueves en Ocaña la Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario, pero ha querido situar desde el primer momento la distinción fuera de cualquier lectura individual. La Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario, ha señalado, pertenece también a los hombres privados de libertad de Ocaña I, a los funcionarios y profesionales que sostienen diariamente la vida penitenciaria, a la Pastoral Penitenciaria, a la Iglesia y a cuantos han hecho posible que su servicio dentro de la prisión sea, antes que una actividad, una forma concreta de encuentro.

Voluntario de la Pastoral Penitenciaria de la Archidiócesis de Toledo, miembro de su equipo diocesano y Mayordomo de Finados de la Antigua, Ilustre y Real Cofradía de la Santa Caridad, Redondo entiende el reconocimiento desde una convicción sencilla y exigente a la vez: nadie entra verdaderamente en una prisión si no está dispuesto a dejar fuera una parte de sus seguridades, de sus juicios previos y de su manera habitual de mirar.

«Esta Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario lleva un nombre, pero contiene muchas vidas. Está hecha también del trabajo silencioso de los funcionarios, de la entrega de los profesionales, de la fidelidad de los capellanes y voluntarios y, sobre todo, de los hermanos privados de libertad que nos permiten entrar en un territorio profundamente humano. Recibirla supone para mí una alegría, pero también una responsabilidad: recordar que detrás de cada muro sigue habiendo una persona que no puede ser reducida a una sola página de su biografía».

En ese agradecimiento, Redondo ha querido detenerse de manera especial en quienes hacen posible cada día la vida de Ocaña I. Ha expresado su gratitud a su directora, Zoraida, por la confianza, la cercanía y la sensibilidad con la que ha acompañado el trabajo de la Pastoral Penitenciaria y del voluntariado; y ha querido hacer extensivo ese reconocimiento a miembros del equipo del centro como Gabriel, Andrea, Jacinto y Tomás, junto a tantos profesionales cuyos nombres rara vez trascienden fuera de la prisión pero cuya presencia cotidiana resulta decisiva.

«Cuando uno entra de manera continuada en Ocaña I descubre que una prisión no se sostiene con abstracciones, sino con personas concretas. He encontrado profesionales que saben conjugar autoridad y humanidad, responsabilidad y escucha, firmeza y confianza. Zoraida, Gabriel, Andrea, Jacinto, Tomás y tantos otros forman parte de esta Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario porque han hecho posible algo esencial: que el voluntariado pueda desarrollarse con seriedad, con respeto y con sentido».

Para Redondo, esa experiencia tiene una raíz netamente evangélica. No como consigna ni como lenguaje aprendido, sino como criterio desde el que comprender la dignidad humana.

«El Evangelio nunca comienza preguntando quién merece ser mirado. Comienza mirando. Cristo se detiene, llama por el nombre, entra en casas incómodas, se aproxima a quienes otros prefieren mantener lejos. Esa lógica sigue siendo profundamente incómoda para nosotros. Nos obliga a reconocer la responsabilidad y el daño, pero también nos impide convertir el pasado de una persona en una condena absoluta sobre su futuro».

La cárcel como lugar de verdad

La experiencia penitenciaria, explica Redondo, obliga a desprenderse de muchos lugares comunes. Desde fuera resulta fácil hablar de reinserción, castigo, seguridad o segunda oportunidad. Dentro, esas palabras adquieren rostros concretos.

«En prisión las palabras pesan más. Libertad, familia, espera, perdón, culpa, miedo o futuro dejan de ser conceptos. Se vuelven experiencia. Uno aprende que la libertad no es solamente poder salir por una puerta y que la esperanza tampoco consiste en imaginar que todo irá bien. A veces la esperanza es algo mucho más austero: conservar una razón para levantarse, no quedar definitivamente atrapado en el propio error y encontrar a alguien que todavía sea capaz de verte por completo».

En ese aprendizaje sitúa a los hombres privados de libertad de Ocaña I, a quienes se refiere habitualmente como hermanos.

«Ellos también están en esta Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario. No de una forma retórica. Lo están porque cada encuentro modifica a quien entra dispuesto a escuchar. Hay conversaciones que te acompañan durante semanas. Hay silencios que enseñan más que muchos discursos. Hay personas que, incluso viviendo privadas de libertad, te obligan a revisar tu propia idea de libertad. A veces uno entra pensando que va a ofrecer algo y sale comprendiendo que ha recibido mucho más».

Esa inversión de la mirada constituye, para Redondo, uno de los fundamentos del voluntariado. «El voluntario no llega como propietario de respuestas. No entra para explicar desde fuera cómo debe vivir otro. Entra para estar. Para compartir tiempo. Para escuchar sin invadir. Para sostener cuando sea posible y aceptar también que hay dolores que no se resuelven con una frase».

La dignidad no se suspende

Redondo insiste en que esta mirada no supone ignorar el delito ni desdibujar la responsabilidad personal. Al contrario, considera que solo desde una concepción exigente de la dignidad puede hablarse con seriedad de responsabilidad, reparación y reinserción.

«Reconocer la dignidad de quien ha cometido un delito no significa negar el mal causado. Significa negarnos a aceptar que una persona quede agotada para siempre en aquello que hizo. La justicia necesita verdad, responsabilidad y atención a las víctimas. Pero una sociedad madura necesita también dejar abierto un horizonte de transformación. Si cerramos toda posibilidad de futuro, la pena deja de ser un camino y se convierte simplemente en una frontera».

En ese punto sitúa también el sentido más profundo de la Pastoral Penitenciaria.

«La Iglesia no entra en prisión para ofrecer una evasión religiosa. Entra para recordar algo mucho más radical: que nadie deja de ser hijo, hermano, padre, amigo o criatura de Dios cuando cruza una puerta penitenciaria. La fe cristiana no convierte en inocente a quien ha hecho daño, pero tampoco permite convertirlo en desecho».

Instituciones Penitenciarias y la grandeza de un servicio público

La Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario tiene para Redondo un significado inseparable del trabajo desarrollado cada día por Instituciones Penitenciarias en España. Un servicio público complejo, exigente y muchas veces desconocido que no se limita a custodiar, sino que trabaja también para que la pena pueda convertirse en un tiempo de responsabilidad, educación, tratamiento y preparación para el regreso a la sociedad.

«Una democracia se reconoce también en la seriedad con la que afronta la realidad penitenciaria. Instituciones Penitenciarias desarrolla una tarea que exige seguridad, profesionalidad y autoridad, pero también una profunda comprensión del ser humano. Custodiar y reinsertar no son términos contradictorios. Forman parte de una misma responsabilidad pública».

Redondo ha subrayado que el sistema penitenciario español cuenta con profesionales cuya experiencia, capacitación y capacidad de trabajo constituyen una referencia indispensable para comprender la función social de las prisiones.

«Muchas veces hablamos de lo penitenciario solo cuando sucede algo extraordinario. Sin embargo, lo verdaderamente importante ocurre cada día: en un módulo que funciona con normalidad, en un educador que acompaña un proceso, en un funcionario que sabe gestionar una situación difícil, en un profesional que prepara una salida, en un equipo que intenta que una persona regrese a la sociedad con más herramientas de las que tenía cuando entró. Ese trabajo merece ser conocido y reconocido».

Ha querido expresar de manera especial su gratitud a los funcionarios y funcionarias de prisiones.

«Hay una enorme distancia entre opinar sobre una cárcel y sostenerla profesionalmente. Quienes trabajan dentro conocen la complejidad real de la condición humana. Conviven con conflictos, frustraciones y situaciones difíciles, pero también son testigos de cambios, aprendizajes y procesos que no suelen ser noticia. Su tarea forma parte de un servicio público esencial y esta Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario también les pertenece».

Una Iglesia que no contempla la prisión desde fuera

La gratitud de Redondo se dirige de manera especial a la Pastoral Penitenciaria en España, a sus capellanes, voluntarios y equipos diocesanos.

«Hay una Iglesia que entra en las prisiones semana tras semana y que casi nunca ocupa titulares. Una Iglesia que sabe que la fidelidad también consiste en regresar. En volver a la misma sala, sentarse con las mismas personas y no medir la fecundidad de la presencia por resultados inmediatos».

Para Redondo, esa perseverancia tiene un valor profundamente evangélico. «El Evangelio en prisión no necesita demasiados adornos. Necesita verdad. Necesita presencia. Necesita personas dispuestas a recordar que Dios no abandona a nadie en el punto más oscuro de su historia. Allí se comprende con una fuerza especial aquello de ‘estuve en la cárcel y vinisteis a verme’. No dice que lo comprendisteis todo. Dice que fuisteis».

Su gratitud alcanza de manera particular a la Archidiócesis de Toledo, donde ha encontrado, asegura, una Iglesia capaz de considerar la realidad penitenciaria como parte de su propia vida pastoral.

«Me siento profundamente agradecido a mi Archidiócesis. La prisión no puede ser una periferia solo geográfica o social. También puede convertirse en una periferia de nuestra mirada. La Iglesia tiene que corregir permanentemente esa tentación y recordar que su centro se desplaza allí donde hay una persona herida, sola o privada de libertad».

Especial reconocimiento ha dedicado al arzobispo de Toledo, monseñor Francisco Cerro Chaves, por su cercanía y presencia en el ámbito penitenciario.

«Don Francisco ha entendido algo decisivo: un obispo no pastorea solamente desde los lugares visibles de la diócesis. También pastorea cruzando una puerta penitenciaria. Su presencia entre nuestros hermanos privados de libertad no es un gesto protocolario. Es una forma concreta de decirles que pertenecen a la Iglesia y que la Iglesia no los contempla desde lejos».

Redondo ha agradecido igualmente al capellán de Ocaña I y responsable diocesano de Pastoral Penitenciaria, Jesús Guzmán Pedraza, su entrega cotidiana, y ha extendido esa gratitud al conjunto de sacerdotes, voluntarios y personas que hacen de la Pastoral Penitenciaria una presencia estable y no episódica.

«El capellán conoce la cárcel desde una proximidad que no admite superficialidad. Conoce los ritmos, las heridas, las ausencias, las familias y las pequeñas esperanzas. Sin esa presencia constante sería imposible comprender la profundidad de lo que significa acompañar una prisión».

La Santa Caridad y la obligación de hacer presente la historia

Su pertenencia a la Antigua, Ilustre y Real Cofradía de la Santa Caridad ocupa también un lugar central en la forma en que Redondo comprende este servicio.

«Una institución con siglos de historia tiene siempre una pregunta delante: para qué sirve hoy toda esa memoria. Si la historia no se convierte en servicio, corre el riesgo de quedar convertida en decoración. La Santa Caridad posee una tradición que nos obliga a acercarnos a las heridas reales de nuestro tiempo».

En ese sentido, ha agradecido a la Cofradía y a su Capellán Mayor, José Antonio Martínez, el respaldo a la presencia en Ocaña I y a una concepción de la vida cofrade que desborda el culto interno.

«La caridad cristiana no puede limitarse a conservar una memoria. Tiene que volverse incómoda, concreta y cercana. Una cofradía no pierde identidad cuando sale al encuentro de quien sufre. La encuentra».

Una gratitud que empieza en casa

En un plano especialmente personal, Fernando Redondo ha querido detenerse también en su familia, a la que considera parte indispensable de su servicio penitenciario.

«Hay una parte del voluntariado que nunca entra físicamente en prisión, pero sin la que sería imposible entrar. Es la familia. Mi familia sostiene mis ausencias, escucha muchas veces mis silencios, comprende los tiempos que entrego y comparte conmigo una manera de entender la vida y el servicio. Nada de esto sería igual sin ellos».

Redondo ha expresado de manera especial su gratitud a su esposa, Elena, y a su hijo, Pablo, a quienes reconoce como parte esencial de este camino.

«Ellos saben que el voluntariado no termina cuando uno sale de Ocaña I. Hay nombres, historias y encuentros que vuelven contigo a casa. Mi familia ha sabido acoger también esa parte de mi vida. Su generosidad hace posible mi servicio y esta Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario también les pertenece. Porque hay formas de acompañar que se hacen desde dentro de una prisión y otras que se hacen esperando, comprendiendo y sosteniendo desde casa».

El sentido último de una Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario

Al recibir la distinción, Fernando Redondo ha querido regresar a la misma idea con la que comenzó: una Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario solo tiene sentido cuando se transforma en servicio y ayuda a mirar con más hondura a quienes forman parte de la realidad penitenciaria.

«Quiero volver a Ocaña I con más gratitud, con más responsabilidad y con más ganas de servir. Volver a sentarme, escuchar, compartir, aprender, acompañar y seguir ofreciendo lo que pueda aportar. Porque el voluntariado cristiano no consiste en ocupar un lugar importante, sino en estar disponible. En hacerse presente. En comprender que servir también es dejarse tocar por la vida del otro y permitir que ese encuentro nos transforme».

Y ha resumido así el sentido del reconocimiento: «Esta Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario pertenece a toda la familia penitenciaria. A quienes están privados de libertad, a quienes los custodian, a quienes los educan, a quienes los acompañan, a quienes los esperan fuera y a quienes siguen creyendo en ellos dentro. Pertenece a la Pastoral Penitenciaria, a la Iglesia, a la Archidiócesis de Toledo, a la Santa Caridad, a Instituciones Penitenciarias, a sus profesionales y también a mi familia, que hace posible que yo pueda estar. Yo la recibo con una gratitud inmensa y con el deseo de que se convierta en más servicio, más presencia y más compromiso».

Y termina con una mirada hacia el futuro: «Mañana, cuando esta Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario deje de ser noticia, volverán a abrirse las puertas de Ocaña I. Los funcionarios ocuparán sus puestos, los profesionales comenzarán otra jornada, los voluntarios volveremos a entrar para servir y nuestros hermanos privados de libertad seguirán construyendo, paso a paso, el día que tienen por delante. Ahí estará lo verdaderamente importante. En seguir estando. En seguir creyendo. En seguir acompañando. Mientras haya una mano dispuesta a servir, una persona capaz de confiar de nuevo y una comunidad que sostenga la posibilidad de comenzar otra vez, habrá futuro. Y donde hay futuro, la esperanza deja de ser una palabra y empieza a convertirse en camino, en oportunidad y en libertad».