(Artículo de Juan Peñalver Alcázar)
En un principio tenía la intención de dedicar una de estas entregas a la sanidad en Tarancón a partir de la información que se desprende de este Anuario, ya que en el mismo se nos habla de varias profesiones vinculadas con este ámbito: médicos, cirujanos, farmacéuticos y veterinarios. Sin embargo, cuando he comenzado a desenmarañar la información que se puede obtener a partir de los nombres recogidos en el Anuario y los datos que se pueden conseguir a partir de las publicaciones específicas que en materia sanitaria existían en la época que nos ocupa, he considerado mejor dedicar al menos tres entregas al mundo sanitario: médicos – cirujanos, farmacéuticos y veterinarios.
En esta ocasión las fuentes de información que he utilizado son tres publicaciones profesionales que existían en España desde mediados del siglo XIX y que todavía pueden consultarse en el servidor del fondo digital de documentos de la Universidad Autónoma de Barcelona. Y son: El boletín de la veterinaria, cuyo primer número se publicó el 15 de marzo de 1845 y su último número el 25 de junio de 1859 haciendo un total de 447 números y que agrupados en 15 tomos reunía artículos científicos, actualizaciones bibliográficas, artículos de opinión, puesta en común de casos clínicos entre otros contenidos, fueron sus promotores los catedráticos de la Escuela de Madrid, don José María Estarrona, don Guillermo Sampedro y don Nicolás Casas (que por cierto, dentro de su curriculum, donde destaca ser director de la Escuela de Veterinaria de Madrid, o académico de número de la Real de Medicina, fue veterinario de Valparaíso de Abajo tal como él mismo señala al relatar un caso clínico vivido por él en el número 206 del Boletín) – El eco de la Veterinaria y su sucesora La veterinaria española, entre ambas publicaciones se cubre un período que transcurre desde el 16/01/1853 hasta el 31/03/1929 y que fue fundado por don Leoncio F. Gallego y que se convierte en un documento imprescindible para conocer la evolución de la veterinaria en España, por sus artículos científicos, comentarios legislativos y noticias, y que para el asunto del que nos ocupa además tienen una especial significación porque en estas publicaciones participaron como colaboradores dos veterinarios taranconeros que el Anuario no recoge que son don Silvestre Yela y don Jesús Alcolea y Fernández de los que luego hablaremos.
La relación de veterinarios que conocemos a través del Anuario para el período 1881 – 1911 es la siguiente (hay que tener en cuenta que no disponemos de la totalidad de los ejemplares de ese período, por lo que quizás se nos escape alguno)
| NOMBRE | PERÍODO DE ACTIVIDAD |
| Manuel Alcolea y Saiz
(aparece un Manuel Alcolea hasta 1894, debe ser hijo del anterior) |
1881 – 1886 |
| Marcelino Villalobos | 1881 – 1888
(que además figura como albéitar para el período 1894 – 1898) |
| Saturnino López Brea | 1881 – 1886 |
| Nicomedes de la Osa | 1881 – 1888 |
| Nicolás Martínez | 1886 – 1911 |
| Ciriaco Salto | 1894 – 1906 |
| José María Salto | 1908 – 1911 |
| Baltasar Bugeda | 1909 – 1911 |
De esta relación de veterinarios he podido rescatar algunos datos, como por ejemplo que tanto Manuel Alcolea como Marcelino Villalobos y Saturnino López Brea aparecen en la lista de veterinarios que prestaron su apoyo a la candidatura al congreso de los diputados del catedrático de la Escuela de Veterinaria de Madrid, don Juan Téllez Vicens, así aparece reflejado en los números 847 y 850 de la publicación La Veterinaria Española en 1881. Sabemos que en 1908 Nicolás Martínez fue nombrado veterinario titular de Tarancón, así se indica en el n.º 1813 de La Veterinaria Española, por parte de la Junta de Patronato tal y como se establecía en el Reglamento orgánico interior del cuerpo de veterinarios titulares y que fue aprobado por el Real Decreto 22/03/1906. Tenemos también alguna referencia de Baltasar Bugeda, según la publicación El monitor Sanitario en 1926 su nombre aparece como inspector municipal en la relación de profesores veterinarios que acreditaron las condiciones de aptitud suficiente para ser designados como inspectores oficiales de Mataderos tanto particulares como industriales. Así mismo desempeñó varios cargos en las Juntas Directivas del Colegio de Veterinarios de Cuenca en el período 1922 – 1936 e incluso fue vocal de la Federación Nacional de Colegios Veterinario, murió asesinado el 29 de octubre de 1936.
El año 1905 fue muy importante para los veterinarios conquenses en general, ya que el 1 de julio de ese año se constituye el Colegio Oficial de Veterinarios de Cuenca, pero también para los veterinarios de Tarancón y su comarca de manera particular, porque según se nos relata en la publicación Gaceta de Medicina Zoológica (era ésta otra publicación profesional veterinaria, con carácter quincenal que tenía como subtítulo Patología comparada, higiene, bacteriología, agricultura, zootecnia e intereses profesionales cuyo director era D. Eusebio Molina Serrano) el 30 de julio de 1905 se reunieron un total de 17 veterinarios todos ellos pertenecientes al distrito de Tarancón en casa de su subdelegado para constituir el Colegio de Veterinarios de Tarancón. De esta reunión surge una Junta Directiva, que tenía como presidente de honor, a D. Dalmacio García Izcara; presidente efectivo, a D. Nicolás Martínez Muñoz; vicepresidente, a D. Esteban Arias Cifuentes; tesorero, a D. Juan Francisco Garrote Carrizo, secretario, a D. Lasdilao Chacón de la Plaza y como vocales D. Miguel Blasco Palacios, D. Manuel Alcolea y Fernández, D. Luis Martínez Mingo, D. Ciriaco Salto Fronce y D. Vital Quejigo Espada. Se decide en la reunión que el órgano de oficial de difusión de este “colegio” sea precisamente la publicación Gaceta de Medicina Zoológica, se establece que cada miembro debe aportar unas 5 pesetas para sufragar los gastos no sólo de este “colegio” sino también del provincial y se decide que quedará supeditado al colegio provincial recientemente constituido, de hecho, este punto es aplaudido por el propio director de la publicación. No he encontrado más referencias a este “colegio” en ninguna de las publicaciones y de hecho no debió ser más que una declaración de intenciones porque la única reacción que se produce por parte del Colegio Oficial de Cuenca reafirmando su papel como único elemento representativo de los veterinarios conquenses se realiza frente a un intento similar llevado a cabo por los veterinarios del distrito de Huete.
Sin embargo, aunque sólo sean retazos, de Manuel Alcolea y Saiz, es posible conocer algunos detalles, más prácticos e incluso más personales, como por ejemplo que en 1878 ingresó como socio fundador en la recién creada Unión veterinaria que se crea con el afán de reivindicar la labor del veterinario, su importancia en la sociedad y el carácter científico de la Veterinaria, es muy ilustrativo por la vigencia de su contenido el manifiesto recogido en el n.º 755 de La Veterinaria Española (https://ddd.uab.cat/pub/vetesp/vetesp_a1878n755@unileon.pdf.) Adelanto que este hombre era el padre de quizás uno de los veterinarios con más proyección de su época, Jesús Alcolea Fernández, colaborador frecuente de la publicación La Veterinaria Española, es por ello que a través del número 1026 (20 abril de 1886) sabemos del fallecimiento de su otra hija, Eldemira Alcolea con tan sólo 15 años y que apenas unos meses después en noviembre de 1886, fallecía el propio Manuel Alcolea y Sainz. En el número 1048 se recoge la siguiente necrológica: “El profesor veterinario don Manuel Alcolea y Sainz ha fallecido en Tarancón tras muy larga y penosa dolencia. Procedente de la antigua Escuela de Madrid, formó a la cabeza de aquel grupo de veterinarios expertos que comenzó la honrosa tarea de redimir a la clase del yugo de la ignorancia y la humillación, a la que la tenían sometida algunos pobres de espíritu y las rancias costumbres de los pueblos (…) ha muerto casi arruinado, muy pobre, porque nunca quiso transigir con innobles compañeros en sus amaños y conducta censurable. Hizo bien a todo el mundo, y en pago sólo recibió desengaños…” Lo mejor de indagar en este tipo de publicaciones es que podemos conocer incluso un poco del trabajo diario de estos veterinarios, por ejemplo, en el caso de Manuel Alcolea, nos lo cuenta él mismo. En los números 872, 874 y 887 nos relata tres casos prácticos de infosura (que es la inflamación de las láminas que unen el casco al último de los huesos del pie del caballo) y dos casos de heridas articulares respectivamente. Las descripciones de los casos a los que atendió son realmente maravillosas no sólo desde el punto de vista profesional sino también porque nos ofrece una panorámica de lo que era el Tarancón del final del siglo XIX en cuanto a población eminentemente agrícola.
Son casos que se producen entre agosto de 1880 y diciembre de 1881. Conocemos a los propietarios: Ceferino Alcázar, Isidro Eutri, viuda de Rafael Sánchez, un maderero de la sierra de Cuenca y Pedro Cillero (aunque en este caso, no es el propietario como tal sino el que se hace cargo del animal). Hace una primera descripción del paciente, cuatro mulas y un caballo, y de su ocupación, tiro y labranza. Nos habla de su temperamento, indicando en todos los casos que son animales “sanguíneos”. Nos refiere la historia clínica del proceso donde vemos esos detalles propios de una sociedad rural, los signos clínicos observados en la exploración (pulso, respiración, si existe o no dolor, estado de conjuntivas, si existe o no fiebre) la evolución del caso y su resolución.
· CASO1: El propietario encerró la noche de antes al caballo en su cuadra, pero el animal abandonó su plaza, rompió un costal de trigo comiéndose caso de media fanega
· CASO2: El mozo encargado de la yunta indica que estuvo arando con el animal sin problema. A eso de las 10:30 de la mañana debido a la lluvia se suspende la labor, y se le echa de comer a los animales, pero sin enmantarles a pesar de que estaban sudando. La mula afectada apuró el pienso y a las 14:00se reanudó el trabajo. Al bajar por una linde cayó de golpe de rodillas, tras unos intentos de recuperarla, el amo ordena que se le suba a un carro para traerla al pueblo.
· CASO3: El mozo indica que la mula llegó de viaje el pasado día 14 con algo de cojera, que fue asociada a la falta de herradura. El día 15 cojeaba aún más y el día 16 teniendo que arar la llevó al campo, pero no era posible hacerla trabajar, así que volvió a la cuadra.
· CASO4: La mula estaba recientemente fogueada del corvejón derecho. Trayéndola enganchada en su carro, se cayó y fue arrastrada, lo que provocó que se arrancara toda la escara del fuego provocándose una extensa herida, con importante hemorragia. Por la tarde la mula ya no andaba sino sólo con 3 pies.
Los tratamientos impuestos son los propios de una época en la que la farmacología todavía no había proporcionado las herramientas terapéuticas que conocemos hoy día, es decir “no hay una pastilla”. El veterinario debe echar mano de fórmulas magistrales: CASO 1, infusión de hojas de sen, 50grs de áloe en brebaje, lavativas de cocimiento de malvas con aceite de oliva y sal común, fricciones de aguardiente en los ijares y región lumbar y paseos lentos; CASO 2, sangrado copioso de la yugular, dieta absoluta de alimentos sólidos, agua en blanco nitrada y cataplasmas de arcilla y vinagre; CASO 3, cataplasmas de greda y vinagre a los cascos; CASO 4, Sangrado del animal, baños repetidos de un cocimiento de malvas y adormideras en la zona afectada, dieta severa y agua en blanco nitrada; CASO 5, Las curas iniciales no incluyen sangría del animal por la debilidad observada en el animal, dieta severa y reposo, lavado de las heridas con un cocimiento de malvas y adormideras.
La evolución de los casos será la siguiente:
| CASO 1: Por la noche del mismo día la fatiga disminuye, pero los ijares siguen abultados, así como inyección pronunciada de la conjuntiva, pulso lento, lleno y fuerte. Además, se detecta aumento de temperatura en los cascos del bípedo anterior y dolor intenso a la presión. Se concluye que el trigo digerido ha provocado plétora accidental localizada en las regiones inferiores de las extremidades torácicas evolucionando a una violenta infosura.
Se repite la sangría, nuevo cocimiento purgante y lavativas y aplicación en los pies afectados de puchadas de arcilla y vinagre, que serán sustituidas el segundo día por otras de hollín y ácido sulfúrico dilatado en agua además se administra de nuevo infusión de hojas de sen, nuevo brebaje esta vez de 345gr de sulfato sódico. En el tercer día el animal no mejora, aparece ya la fiebre. Se administra 12gr de nitrato potásico en el agua y se emplea un medicamento recomendado por mi hijo, y que ha sido ideado por el catedrático Juan Téllez y que consiste en bióxido de mercurio, trementina y brea (retinolado rojo de Téllez), es administrado en una proporción de 1:12 en los cascos de ambas manos. El 1 de septiembre el animal está completamente recuperado. Se hierra y vuelve al trabajo. |
| CASO 2: El segundo día la mula se mantiene echada con grandes dolores y fiebre y constipación. Se repite la sangría, junto con humedecimiento con vinagre de las puchadas, así como lavativas de agua tibia con aceite común.
Por la tarde del mismo día se emplea el retinolado de Téllez, pero el bióxido de mercurio se incorpora en una proporción 1:8. El tercer día por la tarde el animal estaba en pie sin ningún síntoma. Se cambia la alimentación a avena en rama. El día 20 de octubre el animal vuelve al trabajo. |
| CASO 4: Al día siguiente se detecta mejoría evidente, sin fiebre y con apetito. Pero la sinovia sigue fluyendo copiosamente, aunque con menos inflamación y dolor. Se administran medios piensos, se mantienen los baños y en la herida se colocan clavos de estopas con digestivo simple y espolvoreados de ratania.
Día 19, mejoría evidente sin dolores ni inflamación. Pero en el centro de la herida se abre una ancha fístula por donde sigue corriendo mucha sinovia. La fístula se trata con un clavo de estopa impregnado en tintura de áloe y cubierta de polvo de ratania. Día 20 y 21, la herida cicatriza rápidamente, pero la fístula persiste, de sustituye el tratamiento por jabón alcanforado sujeto con un vendaje contentivo. Día 23, se detecta un tumor del tamaño de una naranja en la parte inferior de la herida, posiblemente debido a una infiltración subcutánea de sinovia o pus. Se elimina por comprensión de abajo a arriba. Se aplica la pasta obturadora de Juan Téllez que se obtiene al incorporar percloruro de hierro a la cresota en SC, la masa es aplicada en una badana algo mayor que la herida. El apósito se mantiene durante los días siguientes, hasta el 30 en que por sí solo se cae, observándose que la fístula sinovial ha cicatrizado. |
| CASO 5: Por la noche del primer día se introduce un clavo de estopa barnizado con la pasta obturadora de Téllez en la herida del codo, uniendo los labios con dos cordonetes a cada lado y sobre las otras heridas se aplica un parche con un vendaje apropiado.
Día 11, reposición del apósito, ya que por descuido de los zagales el animal se los había arrancado. Seguía existiendo un flujo alto de sinovia, esta situación vuelve a repetirse la tarde del 11 y la mañana del 12. En vista del poco cuidado que se le dispensaba al animal no obstante mis reiterados encargos ensayé unas inyecciones del percloruro de hierro líquido en las heridas carpianas, sobre las que apliqué un poco de digestivo animado, cubriéndolos después con estopas picadas. El día 13, al levantar el apósito se comprueba en menudillo y articulación del codo que ha desaparecido el flujo sinovial y la cicatrización estaba muy avanzada. Curé por tanto con tintura de áloe nada más las heridas de estas partes. Como las inyecciones no habían surtido efecto se vuelve a la aplicación de la pasta obturadora encomendando la vigilancia del animal a un dependiente mío. Sin embargo, el día 14 llegan por escrito instrucciones del propietario instando al sacrificio del animal a pesar de mi dictamen en contra. |
Toca hablar ahora de Jesús Alcolea Fernández, en primer lugar diremos que su labor fue puesta en valor y recordada en sendos artículos publicados en marzo y septiembre de 2013 en la publicación de la Organización Colegial Veterinaria, Información Veterinaria, publicados por los miembros de la Asociación Española de Historia de la Veterinaria, y miembros de la Real Academia de Ciencias Veterinarias y del departamento de Medicina Animal de la Universidad de Extremadura, profesores doctores Miguel Ángel Vives Vallés y María Cinta Mañé Será; donde se recogen respectivamente el papel tan importante de nuestro paisano en los trabajos de fisiología experimental (apuntando la influencia que sobre los mismos tuvo la obra del médico francés Claude Bernard, considerado inventor de la medicina experimental) y con anestésicos, que de manera indirecta en opinión de los autores, lo convierten en el primer veterinario español en emplear la intubación endotraqueal cuando era catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela (esta intubación, era la única manera de compensar los efectos derivados del empleo de hidrato de cloral endovenoso así como otros anestésicos endovenosos) comparando la fecha de sus publicaciones (1889) con las de William McEwen (1878) a quien se atribuye la invención de la técnica endotráqueal de ventilación artificial con fines médicos.
De la vida y del trabajo de este veterinario sabemos que nació en Tarancón en 1856, cursó sus estudios en la Escuela de Veterinaria de Madrid entre 1878 y 1882, siendo alumno pensionado con excelentes notas, de ello son claro ejemplo hasta tres referencias que se recogen en La Veterinaria Española:
· N.º 794 (1879): aparece como único alumno premiado del segundo curso de su promoción.
· N.º 832 (1880): aparece de nuevo como único alumno premiado del tercer curso de su promoción.
· N.º 833 (1880): participa durante la celebración de la IV sesión inaugural de la sociedad Los escolares veterinarios con un discurso denominado De la salud y la enfermedad. Relaciones entre la Fisiología y la Patología. Que fue acogido con “una verdadera explosión de entusiastas aplausos”.
En 1882 obtiene el título de profesor veterinario. Con 27 años obtiene por oposición la cátedra de Fisiología, Higiene, Mecánica Animal, Aplomos, Pelos y Modos de la Escuela de Veterinaria de Santiago de Compostela, siendo trasladado posteriormente a Madrid, de lo cual se hace eco el nº 1047 del 27/11/1886 de La Veterinaria Española, en su sección de noticias donde indica que: “El tribunal de oposiciones a la referida cátedra de Fisiología e Higiene de la Escuela de Madrid, ha propuesto a la superioridad para proveerla, en virtud de los ejercicios practicados al efecto, a D. Jesús Alcolea y Fernández, ilustrado catedrático que era ya de iguales asignaturas en la Escuela de Santiago”. Colabora como redactor de la publicación La Veterinaria Española, entre 1886 y 1889 al menos he localizado 12 artículos suyos:
N.º 1028, Patología e Higiene, impresiones e hipótesis sobre una enfermedad parasitaria, él cree que provocada por Sarcosporidios en el ganado de la provincia de Orense.
N.º 1030 y 1034, Los psorospermies oviformes o coccídeos de los animales domésticos y principalmente de conejos y gallinas, por cierto, en el número 1034 ya aparece expresamente indicado que Jesús Alcolea forma parte del equipo de redactores de esta revista.
N.º 1041 y 1042, Fisiología muscular, el corazón donde afirma a sus alumnos “convenzámonos una vez más, que en la naturaleza no hay clases ni grupos de fenómenos separados entre sí por vallas indestructibles, sino series sucesivas: no existe una escala de peldaños separados sino una rampa tan suave y poco pronunciada que simula un plano horizontal; y cabalmente en los fenómenos en que se ha visto una excepción o una división profunda, nosotros vamos a señalar el punto de enlace o vínculo, mediante el cual, se franquean los abismos que al parecer separan hechos semejantes”.
N.º 1125, Carta a mis queridos amigos los beneméritos e ilustrados veterinarios González Pizarro, Molina, Rodríguez, y a la clase en general, todo un alegato en favor del valor de la veterinaria y de su aportación a la ciencia “¿nos creíais inútiles como elemento científico? Pues ved cómo sabemos resolver los problemas científicos más complejos. ¿Suponíais que sólo valíamos para curar empíricamente, por rutina y con medios vulgares, a un animal doméstico? Pues ved las preciosas aplicaciones que tienen para la Medicina humana nuestro estudios y experimentos. ¿Juzgáis que estamos atrasados? Pues mirad como estamos al tanto de los modernos conocimientos, estudiad nuestros trabajos, criticarlos si os place, asistid con nosotros a la clínica y al laboratorio…y convenceos de nuestra utilidad, de nuestra suficiencia, de lo valioso de nuestro concurso, de la necesidad que tenéis de nuestros auxilios…”.
N.º 1132, Acciones de la médula espinal donde afirma en relación con los conocimientos fisiológicos relacionados con la médula espinal, “(…) no sólo permitirán en determinados casos establecer con certeza el diagnóstico y el pronóstico de ciertas enfermedades sino también formular indicaciones precisas y aun poner en práctica el plan terapéutico más científico”.
N.º 1140, Influencia de los anestésicos en los movimientos respiratorios donde trata de demostrar la importancia y la necesidad de emplear métodos y agentes anestésicos en los procedimientos quirúrgicos y adoptar medidas para prevenir el fallecimiento del paciente por la paralización de los movimientos respiratorios “(…) es conveniente sobre todo, cuando se trata de individuos de la especie humana, que el facultativo al practicar la anestesia tenga siempre a mano todo lo necesario para hacer la respiración artificial en caso necesario”.
N.º 1141, Excelente antídoto contra la estricnina.
N.º 1142, Localizaciones motrices en el cerebro y acción cruzada de los hemisferios cerebrales donde trata de refutar algunas conclusiones elaboradas por el médico francés Brown-Séquard en relación con las reacciones cruzadas controladas por cada hemisferio cerebral.
N.º 1146, Fisiología.
N.º 1147 y 1148, Sobre los efectos que producen en la respiración y la circulación las excitaciones de las extremidades periféricas de los neumogástricos seccionados.
Muere el 12/08/1897 tal y como recoge el nº 1434 de 20/08/1897 de La Veterinaria Española, siendo portada del mismo la necrológica que se le dedica, donde no se escatiman elogios hacia su persona y su trabajo. Sabemos que estaba casado y que su viuda Dña. Francisca Santiago Zapata recibió por parte de la Junta de Clases Pasivas del Estado una pensión del Montepío de 875 pesetas anuales (nº1442 de 10/11/1897 de La Veterinaria Española)
Hasta este momento, la práctica totalidad de la información que se presenta procede de la publicación La Veterinaria Española, pero habida cuenta que esta revista era heredera de otras anteriores, probé suerte cruzando el título de las mismas con “Tarancón”. Y hubo suerte, un nuevo nombre se une a la lista de veterinarios taranconeros que ya conocemos: D. Silvestre Yela.
D. Silvestre Yela: la única referencia biográfica que he encontrado son noticias de su fallecimiento, el 8 de febrero de 1866 a través de la necrológica que le dedica La Veterinaria Española en su número 328 del 10 de agosto. Su nombre aparece en el número 15 del 13/10/1845 de El boletín de Veterinaria y en los números 29 y 33 de El eco de la Veterinaria en 1854. De hecho, entre 1854 (n.º 50 del 25/11/1854 de El Eco de la Veterinaria) y 1857 (n.º 113 de La Veterinaria Española) aparece como colaborador y como socio de la Asociación Veterinaria para la publicación de obras escogidas de la ciencia.
Debía ser por tanto un veterinario muy comprometido con la profesión en su época (firma como veterinario de primera clase, que eran aquellos que habían cursado en Madrid los cinco años de carrera y estaban capacitados “no sólo para la curación, cría, propagación y mejora de todos los animales domésticos sino también para intervenir en los casos de enfermedades contagiosas, policía sanitaria y reconocimiento de pastos” frente a los de segunda clase que sólo podía tratar caballos, mulas y asnos, así como herrar y efectuar reconocimientos de sanidad y procedían de las Escuelas subalternas), porque la primera alusión que se hace a él recoge ya que en 1844 había escrito un folleto de 51 páginas donde reflexionaba sobre el “el estado de la medicina veterinaria, causas de su decadencia, necesidad de su reforma y medios de elevarla al grado de ilustración, esplendor y consideración social que la compete” y además no debía rehuir el debate porque la alusión a este veterinario se corresponde a una respuesta que el redactor de la revista le dirige como consecuencia a su vez de una comunicación hecha por D. Silvestre, por cierto se dice expresamente que dicha comunicación se hace desde Tarancón “donde se encuentra establecido” en la que manifestaba que se sentía aludido por un comentario recogido en el número 12 de El boletín.
Dice el párrafo en cuestión: “creyendo se aludía á él en la frase de “los que se han metido á reformadores” etc. Si el señor de Yela hubiera reflexionado un poco y no dejándose llevar de su primer impulso, hubiera conocido que él no ha hecho más que proponer su modo de pensar, usando del derecho que la ley concede á todo español, mientras que otros han presentado hasta reglamentos, tratando de apática é indolente á la Junta de catedráticos del Colejio de Veterinaria. A estos y no á otros nos hemos referido; hablábamos de los que lo habían hecho de oficio, sin pensar ni aun por asomo, dirigirnos á los autores que dan á luz sus pensamientos, pues á estos les llegará su vez en la historia de la Veterinaria, en España, y entonces el señor de Vela podrá defender sus opiniones si es que discordamos en ellas. El sentido y modo como está redactada la frase debió hacer conocer lo infundado de la queja. El celo del señor de Yela por la ciencia que ejerce es bien conocido y lo demuestra su folleto, así como las intenciones con que le escribió; pero es sensible que sin citar personas (cual lo haremos cuando convenga pues no negamos nunca la cara) se resientan ciertos profesores, por motivos que no alcanzamos y que pudieran atribuirse á cosas muy diferentes. Las generalidades, sabe todo el mundo y más el civilizado é instruido, que á nadie comprenden y que ninguno tiene razón para quejarse de ellas, á no ser con intenciones que ahora no calificamos.”
De hecho, este compromiso se le sería reconocido muchos años más tarde, en un artículo dedicado al asociacionismo veterinario y publicado en La Alianza Veterinaria, periódico de la Asociación Veterinaria de las Riberas del Júcar (n.º 2 del 30/01/1882) cuyo director era D. Juan Morcillo Olalla: “hace mucho tiempo que comprendimos todo esto, que era indispensable variar de conducta, que debíamos agruparnos para acometer con valor y decisión las reformas que la clase reclama; por esto desde muchos años atrás que nuestro ideal era la formación de Asociaciones profesionales, pensamiento que no era nuevo porque mucho antes que nosotros lo había tenido el veterinario D. Silvestre Yela en 1845 y que no tuvo en aquel entonces quien le ayudase ni siquiera uno que le escuchase”
Volvemos a saber de él en marzo de 1854 en los números aludidos de El Eco de la Veterinaria, avisando “lo digo, con la franqueza que me es característica”. No he encontrado artículos firmados por él, de carácter científico, en su necrológica se indica sin embargo que es autor de una pequeña obra de cría caballar. Sus artículos son siempre dedicados a comentar los problemas de la profesión. El primero de ellos de marzo de 1854 es una respuesta a la propuesta existente de recuperar los exámenes de pasantía, se habían eliminado desde la entrada en vigor de un Real Decreto de 184(19 de agosto) de manera efectiva a partir del 1/10/1850 de modo que desde ese momento sólo se expediría un título por parte de las Escuela de Veterinaria, quedando los albéitares absorbidos por los veterinarios, pues bien para nuestro paisano es idea es “asquerosa” y lo que le mueve a escribir es la sospecha de que algunos subdelegados han colaborado en esta idea de recuperación, adopta una posición firme de enfrentamiento contra aquellos que él llama enemigos de la ciencia y de la profesión veterinaria y recupera sus argumentos de 1844 insistiendo en que hará todo lo posible, influyendo en sus compañeros de distrito, ofreciendo “su mal cortada pluma” a la defensa de la profesión poniéndose a disposición de los redactores de El Eco. En mayo de 1854 aparece junto con otros veterinarios firmando un documento dirigido a la Reina Isabel II en la que se solicita que, considerando los beneficios que la veterinaria tiene para un país, no debe permitirse que se deje de aplicar el contenido una serie de disposiciones (reales decretos de 19/08/1847 y 15/02/1854) en relación con el nombramiento de los titulares de los municipios, para lo cual se considera indispensable la elaboración de una correcta Estadística Pecuaria General, labor para la que se ofrecen. Dos nuevos artículos, mayo de 1854 y noviembre de 1854, en el primero carga contra la redacción de los Estatutos de la Sociedad de Medicina Veterinaria de España los tilda de clandestinos, tenebrosos, de funestos resultados y critica que se hayan redactado sin consultar a la profesión “sus autores no constituyen autoridad alguna legítima ni derecho para llamar a su seno las opiniones de los veterinarios independientes sin cuyo concurso, a su despecho y de un modo bastardo y clandestino han sido formados los Estatutos”. En el último se opone al requisito que se quiere establecer de exigir conocimientos previos de herraje a la española, para poder acceder a los estudios de veterinaria, no entiende esta medida habida cuenta que, en el 5º año de carrera, el herrado es una asignatura específica. Se opone a que se asocie HERRADO con VETERINARIO, y entiende que los aspirantes a veterinario dejaran de estudiar asignaturas como matemáticas, geografía, física, química o historia natural y dedicaran su tiempo a trabajar en un taller de herrado de este modo a su juicio se obtendrían ilustres profesores, pero “acaso no se buscan sino dóciles medianías”. Las reformas de los estudios deberían ser gestionadas por las facultades y no “por autoridades científicas arbitrarias erigidas en tales sin más asentimiento que el de su voluntad omnipotente”
Para terminar, dos curiosidades que nos aporta la consulta de estas publicaciones, por un lado, dos casos clínicos que afectaron a dos de las yeguas propiedad del Duque de Riánsares, y que se describe en el n.º 106 del 15/06/1849 de El Boletín de Veterinaria. Uno de los casos se corresponde con un parto sufrido por una yegua de 7 años, capa castaña dorada, de 7 cuartas y 40 dedos de alzada y de procedencia alemana, que quedó preñada de un caballo árabe, en el segundo caso, se nos narra la necropsia practicada a otra yegua que había muerto de manera repentina después de un cuadro de evolución muy rápida. En el primer caso, el veterinario actuante D. Juan José de la Cierva, natural de Herencia, nos indica que, por complicaciones asociadas a la posición del feto en el momento del parto, el potro nació muerto y que después de practicar las curas necesarias la yegua tuvo una recuperación completa. En el segundo caso, la conclusión de la necropsia es que la rotura del bazo provocó la muerte casi súbita del animal. Por otro lado, me ha sorprendido la relación tan estrecha del Conde de Retamoso con el mundo de la veterinaria, de hecho en 1905 fue nombrado presidente de honor del Colegio de Veterinarios de Madrid, pero es que además como delegado regio del Pósito Real participó como ponente por ejemplo en un Congreso Nacional de Ganaderos celebrado en 1904, siendo un ponencia titulada Prados artificiales y plantas pratenses de mayor utilidad para la alimentación del ganado y además fue una de las personalidades que presidió la sesión inaugural de la Asamblea Veterinaria celebrada entre el 16 y el 18 de mayo de 1907, dice La Veterinaria Española en su n.º 1785: “Como agricultor y representante de organismos agrícolas, usó luego de la palabra el Sr. Conde de Retamoso, pronunciándose porque, sin perjuicio de la acción científica, se estimule y favorezca la acción social del Cuerpo Veterinario, dirigiéndola á la creación de cooperativas, co¬ munidades y otras instituciones análogas. En tales empresas — dice — no habrá ningún Gobierno que os niegue el apoyo que pedís. (Aplausos.)”
Continuará…
